sábado, 30 de junio de 2012

Cuéntame una historia, o te mato.


            A eso de las ocho de la tarde estaba sentado delante del ordenador, pensando. 
¿Quién? Yo mismo.
¿En qué? En nada útil. No se me ocurría ninguna historia que contar.

            Ahora, cerca de la medianoche, ya tengo una. Y me pongo a ello.

            Como digo, eran las ocho ya pasadas, cuando he agarrado un listín telefónico. De hace cuatro años. He escogido al azar el número de un tal Martínez (¡hay tantos!). Y lo he marcado.

            Siendo desconocidos, y no teniéndonos mucho que decir, lo he dejado pasar como equivocación. “Buenas noches; sí, buenas noches”. El segundo intento ha sido casi un calco del primero, aunque, ¡ay! si solamente me dedicara a analizar el mínimo cambio en el tono de la voz de la mujer con quien he hablado, ya tendría otra historia que contar. A la tercera, en vez de contestar una mujer, lo ha hecho un hombre. Quizás para hacerse el gallito conmigo. 

            ¿No ve que no es aquí?
            Yo no veo nada, señor Martínez. Aquí es allí, allí es aquí.
            ¿Qué dice?
            ¿Es su mujer?
            ¿Quién?
            ¿La que ha cogido el teléfono?
            ¿Y a usted qué le importa?
            Pues…
Espere un momento… ¿no será de la empresa?
            Claro que soy de la empresa, un compañero. En realidad, le quería dar una  noticia a su mujer.
            ¿Buena o mala? Si es mala, quizás será mejor que me la cuente primero a mí.
            Buena no es. Señor… ¿cómo se llama usted?
            Tomás. ¿Y usted?
            ¡Qué casualidad! Yo también me llamo Tomás.
            Vaya, nunca me había dicho mi mujer que tiene un compañero que se llama Tomás.
            Quizás lo confunda con usted.
            ¿Cómo?
            No se preocupe. La cosa es que…

Ya está a punto de caramelo. Él solito me va a contar una historia esta noche. Estoy ya cansado de leer. Se me fatigan los ojos. Y además, las bibliotecas no abren los domingos por la tarde.

            … ¿le importa si fumo?
            ¿Fumar? Pero si usted está en su casa. Claro que no me importa.
            Gracias. Antes de que le cuente la noticia, ¿le puedo hacer una pregunta?
            Bueno, si…
            ¿Usted bebe vino durante las comidas?
            ¿Qué tiene que…? No, no bebo.
            No mienta.
            ¿Oiga?
            ¿Qué?
            ¿Quién es usted?
            Soy Tomás, el compañero de trabajo de su mujer.
            ¿Conoce siquiera el nombre de ella?
            ¿Y usted?
            ¡Claro que…!

            Creo que he llevado las cosas demasiado lejos. Ella ahora le estará pellizcando con ganas en el brazo para que le diga con quién está hablando. Apuro mi cigarrillo e intento llevar las aguas al cauce que me interesa. Sigue él al aparato.

            Le aviso que aparece su número en mi teléfono. Y por lo que veo, usted no debe vivir muy lejos de aquí. Todos los del pueblo tienen un número parecido al suyo.

            Un demonio interior me hace complicarme más la vida.

            ¿De qué pueblo se trata?
            Creo que usted definitivamente se ha confundido. Dígame su nombre.
            Ya se lo he dicho. Me llamo Tomás. Tiene mala memoria, ¿eh?
            No me ponga nervioso. Voy a colgar. Buenas noches.
            ¡No lo haga! Todavía no le he dicho lo de su mujer.
            ¿No será algo serio?
            ¿Usted cree que le llamaría un domingo a estas horas solamente para pasar el tiempo? Sí, es serio. ¿Sigue ahí su mujer?
            Te… Teresa, ¿dónde estás?
            ¿Acaso no la ve?
            Se ha debido de ir a la cocina. ¿Teresa?
            Mire bien a su derecha, Tomás.
            Coño, no está. [Gritando] ¿Teresa?
            Chúpate esa.
            ¿Qué dice? ¿Oiga? ¿Qué broma es esta?
            Tomás, no se da cuenta que hace ya días que le cortaron el teléfono. ¿Con quién habla usted?
            Mire, graciosillo, estoy hablando con usted ahora mismo. Oigo su voz, ¿sabe?
            De acuerdo. No nerviosee. Tranquilo. ¿Qué cocina su mujer? ¿Huele a huevo frito?
            ¿Cómo lo sabe?
            Mucha gente cena huevos fritos en este país.
            Ya. Oiga, en serio, dígame qué quiere. Suelte eso que tiene que decirme.
            No me mienta.
            Digo la verdad.
            No está en la cocina.
            Usted va a decirme dónde esta ella, ¿eh?
            Sí. Está al lado suyo.
            Muy listo. Pues yo no la veo.
            Claro que no la ve. Es por esto que le llamo. Su mujer está conmigo.
            Imposible. Si acaba de hablar con usted por teléfono, aquí, hace un momento.
            Se la he robado. Y usted no se ha dado cuenta.
            ¿Teresa?
            Llame, llame.
            [Gritando] ¿Teresa? ¿Teresa?
            Hágase a la idea de que ya no está con usted. Pero no se preocupe. Sólo la quiero para escuchar una historia. Luego se la devuelvo.
            ¿Una historia? ¿De qué tipo?
            Algo pornográfico. O lo que es casi lo mismo, una historia de decadencia, proyectada en un cine 3D en Port-Aventura. Sobre cómo ella no llega a fin de mes, palizas a un niño, locura, violencia, medicamentos,… esas cosas, ya sabe. Algo duro y directo.
            Usted está...
            ¿Loco? Despierte, Tomás. Despierte.  Buenas noches.

            Y ella me ha descrito tantos detalles en tan poco tiempo. Muchos, de los que es mejor no escribir. Agarro lo que sería un mando a distancia, y pulso el botón de avance rápido, para que nadie vea las escenas más duras. Primeros planos muy jodidos. Lo que queda por contar es bien poco. Nada. No tiene interés. Los prolegómenos. El final. Todo se conoce. He enviado a Teresa de vuelta a su casa. Su marido creo que al final no se ha enterado. Por hoy, lo dejo aquí. ¿Lo intento otro día? Estoy agotado.

by George R.

jueves, 28 de junio de 2012

El Color De Tus Ojos Al Pintar


            Fue algo inesperado. Recibo una llamada del ayuntamiento. Quieren confirmar si en su momento realicé un cursillo subvencionado por ellos de animador sociocultural en el pueblo. Contesto que eso fue hace mucho tiempo; trece años para ser exactos. Y, además, los papeles han cambiado. Yo ya no estoy para dar ánimos, sino para recibirlos. “No se preocupe”, me suelta el teléfono; y añade que se trata del concurso anual de pintura al aire libre de Karhide. Quieren que forme parte del jurado. “¿Por qué no?”, me digo; “¿Cuándo es eso?”, le suelto al funcionario.

            El pasado domingo. Los artistas toman por un día el pueblo, con sus caballetes y tubos de pintura a cuestas, siendo obsequiados con una tarrina refrescante. A las seis de la tarde deben entregar sus obras. A las siete se reúne el jurado.

            ¿Tomar en serio a la propia pintura, a la obra, o, al artista? Hacerlo con ambos está fuera de toda cuestión. Se complicaría tanto la decisión que todavía estaría en aquella sala del ayuntamiento, discutiendo sobre los méritos de cada bastidor/autor. Pero como no estaba presente el pintor, nos tuvimos que contentar con la obra. Y, por cierto, ganó una que a mí personalmente no me decía nada. Sin embargo, en cuanto conocí a su autor, pensé que el jurado en su totalidad había actuado con gran sabiduría. Era un vecino mío, de siete años, que eligió como objeto de sus pinceladas el campo de fútbol local. Verde que te quiero verde; o, por estos lares, regadío que te quiero regadío. Tiene futuro el chaval, ya lo creo.

            De todas maneras, me veo obligado a recordar, e intentar describir aquí, imágenes que se me han quedado grabadas para siempre. Sin razones aparentes que lo justifiquen, cinco trabajos, evidentemente de artistas diferentes, pues se trata de un concurso de una obra por persona, trataron de pintar el edificio del ayuntamiento en llamas. Quizás se reunieron los cinco en el mismo lugar, a la misma hora, e hicieron algún tipo de apuesta. O fueron comprados; o vendidos. No lo sé.
Otros trabajos de mérito: Una farmacia perfectamente copiada de la realidad, solo que con una gran cruz pintada en negro, y con el brazo vertical más alargado que el horizontal, pintado este último casi en la base del primero.
Un balcón abarrotado de gente y de banderitas, observando con alegría el paso de una serpiente gigante. La estación de autobuses se convirtió para otro artista en un lugar lleno de inútiles televisores. Un anciano leyendo, en un banco, un periódico que le ha seccionado las piernas al apoyarlo en ellas.
La pequeña catedral fue también objeto de muchas posibilidades pincelísticas. Fue envuelta en papel de regalo; rodeada con una jaula; se imaginó sin techo alguno, repleta de lagartijas por dentro; también fue llevada al cielo, entre blancas nubes y globos de muchos colores.
A alguien se le ocurrió describir la noche de Karhide con paraguas bajo una tormenta inexistente.
Por supuesto, abundaban las obras que describían tal cual es el pueblo, ya usando estilos realistas, o más  abstractos, con intenciones puramente de entretenimiento visual.

¿Quieren que les cuente cuál fue el lienzo que verdaderamente me gustó más? Una gran araña marrón, a lo largo de una pared verde, y plasticosa, junto a una cama de hospital, en la que descansan dos patas que ya han soltado dos grandes huevos. No sé quién es el autor, pero agradecería se pusiera en contacto conmigo a través de este blog local.

Y, sin haber podido ver su obra finalizada, recuerdo los ojos de un anciano pintor que concursaba aquel domingo por la mañana. Pintaba con frenesí, agarrando el pincel como si estuviera montando nata con unas varillas. Su mirada se perdía más allá de lo que veía. Entreví un manchón rojo oscuro en su lienzo. Mis compañeros de jurado me llamaron. Dejé a aquel hombre con su obra. Pero me dijo algo, antes de alejarme definitivamente de él:

“¿Usted sabe lo que es intentar retratar el pueblo donde uno ha nacido imaginando con todas las fuerzas posibles que ya no existe?” 

by George R.

viernes, 22 de junio de 2012

Monarquía Absoluta


             Tras unos meses de estudio de la lengua inglesa (quizás se haya notado demasiado) he podido volver a leer novelas en mi lengua materna. Todo un descanso para mi comprimido cerebro. Cambio de idiomas, pero no de fuente.

            ¿Y quién fue el escritor elegido para volver a mis cercanías mentales?
Se trata de nada más y nada menos que del Rey de la ficción, un tal Stephen King, escritor de nombre demasiado conocido para lo poco que se le lee. ¿Que muchos lo leen? Claro. ¡Pero deberían ser más!

            Se trata de su primera novela, la primera que realmente escribió, bajo ese seudónimo tan sugerente como Richard Bachman, “The Long Walk”, o “La Larga Marcha”. 





            Hay un cliché que no siempre ha jugado (o jugará) a favor de King; “escritor de novelas de terror”. Etiqueta por la que nos hemos vistos atraídos muchos lectores desde que teníamos 15 años. Primero fue Verne, después Poe, y saltándome a Bradbury (una pena inmensa) ya fui de seguido a por King, siendo el verdadero causante de este triple salto mortal el director de cine John Carpenter. Demasiada distancia, quizás. Del siglo XIX a mi propia modernidad, sin pasar por los años cuarenta, cincuenta y sesenta del XX, edad de oro de cierta cultura global de la fantasía, todavía no demasiado neurótica (sólo en lo político, y a estas alturas…). Esto lo digo porque leer los relatos de Bradbury después de pasar por cualquier universidad del mundo (pública o privada) es como decir que te quieres echar una nueva pareja a los ochenta. Se te ha pasado el arroz, todavía puedes disfrutar de ciertos y particulares momentos, sin duda, pero no es lo mismo. La mayoría de los relatos de Bradbury (en realidad escribió muy pocas novelas) están escritos por un tipo que no sabe cómo salir de su infancia. A veces me molesta, porque su imaginación me parece que se echa a perder de alguna manera. Y si me molesta, es evidentemente un problema mío, no suyo. Así, Bradbury se convierte en mi caso en una especie de vino muy ajerezado, para beberlo a sorbitos, después de una larga y copiosa comida.

            Pero vuelvo a King. Él, como Bradbury en su época, fue plenamente consciente del papel que le había tocado en suerte dentro del mundo de la literatura fantástica, ciencia ficción y de terror. King desde el principio supo distinguir la irreal fantasía pseudo-infantil de la realidad fantástica adolescente. Esa realidad que a todos nos gustaba, ¡y cómo nos consolaba!, fantástica, irreal, porque nos escapábamos por unas horas de la terrible presunción de que esa irrealidad en forma de letras seguía siendo, en el fondo, realidad. Como la de Carrie, o la de Raymond Garraty, protagonista de “La Larga Marcha”. 

            King nos demuestra con cada una de sus novelas, al más puro estilo Henry James (que nadie piense que me he bebido una botella de ginebra al relacionar estos dos escritores), que no hace falta irse a ningún planeta, ni siquiera agarrar el  tren de las 15h10´, para desarrollar una gran historia a partir de cierto detalle en la biografía del personaje, detalle, las más de las veces, a todas luces negado (u olvidado) por la realidad que le circunda. Por supuesto, después hay que elaborar una trama, “qué es lo que pasa”, que casi es lo de menos.

            Durante la insustituible lectura de “La Larga Marcha” por cualquier otra actividad humana que no fuera comer o dormir, recordé un hecho de mi propia biografía, ocurrido quizás cuando tenía cinco años. Algo que no voy a contar aquí. Pero que está ahí. O estaba. Y si se lo contara a King, quizás me diría: “George, ahí le has dado, ya tengo otra novela”. 

            Veinte años después de hojear la novela (costaba 930 pesetas, cara de cojones, pienso ahora, si actualizo ese precio a mi actual escala de valores terriblemente deflacionistas, la pagó mi padre de todas maneras), ésta no ha perdido fuerza ninguna. El 31 de Diciembre de 2005, fechas que tiene uno en la cabeza, cuando terminé de leer “1984”, poco sabía yo de “La Larga Marcha”.





            Sin embargo lee a Orwell, o a Flaubert, y luego vuelve a King, y te darás cuenta de que el Rey hace tiempo que se los zampó, y a unos cuantos más, muchísimos más, y también compruebas que él no tiene por qué dar mayores explicaciones.  ¿”Escritor de novelas de terror”? Pschh. ¿”Ciencia Ficción”?  Bueno.

            Balzac trató de captar con su pluma la esencia de la vida mediante la descripción lo más amplia posible de su sociedad, siendo plenamente consciente de su tarea. Stephen King, a diferencia de Balzac, nunca ha pretendido escribir según el antiguo espíritu enciclopédico francés, ni describir el mundo de los demás. Solamente los suyos.
           
            Como antes apuntaba, que al Rey se le haya etiquetado desde el principio como un escritor de novelas de terror no es algo que, a largo plazo, y en ciertos círculos, le ayude a destacarse como uno de los mejores escritores del mundo. Podemos disfrutar de una novela de Philip Roth (al que tarde o temprano le concederán el Nobel de Literatura) igual que una de King, y ambos, a su manera, están describiendo sus particulares mundos, con intenciones parecidas. Y tienen el mismo mérito.

            ¿Por qué se ha llegado a esta situación? No quiero quedar aquí como alguien que tiene prejuicios de género literario, y que piensa que King debería haberse abierto a otro tipo de literatura, porque de lo contrario nunca saldría del nicho en el que está establecido. No. Cada uno a lo suyo, de todas maneras. Sin embargo hay un factor con el que King no contaba.

            Es la Historia, con mayúsculas. El mundo real se ha acercado, poco a poco, en un proceso de generalización, lento pero sublime, horrible e imparable, a los arquetipos sobre los que vuelve el monarca, una y otra vez, en sus novelas. King se ha convertido en un autor universal, clásico, imbatible, ubicuo, porque el mundo en el que vivimos le ha dado la razón. Los terrores y fantasías que salen de su brillante mente se han vuelto demasiado reales. En esto, el ser norteamericano le ha ayudado mucho, por supuesto. Ha contado con la ventaja de jugar siempre en su propio campo, como local. Conocer de primera mano los ingredientes con los que se cuecen nuestras vidas en estos primeros días del siglo XXI.

            Como suele ocurrir con muchos otros casos (en general, en el género de la ciencia ficción), las novelas de King son mucho más realistas de lo que parecen a primera vista. Así, el Rey lo es también por llevar más de treinta y cinco años metiéndosela a todo a aquel que piensa que sus novelas no son más que juegos de niños, fantasías inoperantes, fantásticos mundos que ayudan a la juventud a evadirse. 

            King, después de haber leído a Godwin, Sade, o Jack London, seguramente pensó: “Este no es el camino. No hay que describir el aparato represor, en ninguna de sus formas. Es demasiado evidente, y a la vez, inútil, y contraproducente”.

Es como llegar a una playa, en pleno Julio, treinta y cinco grados a la sombra, no puedes ni extender tu toalla de lo repleta de gente que está, y no tienes sombrilla. Insoportable. ¿Vas a comentarlo con la persona que va contigo? No. Déjalo estar. Aprende a sudar calladito, y de paso, observa y piensa en las razones por las que la playa pueda estar llena de gente, en por qué aparentemente están disfrutando todos de esas condiciones.

Todo lo teóricamente orwelliano en temática que pueda existir en “La Larga Marcha”, que es mucho, la prosa de King lo resume en UNA SOLA frase, en la página 2 de la novela:

“Su madre creía haber sido demasiado adusta con él, haber estado demasiado cansada o absorta en sus achaques de adulta para detener la locura de su hijo en su etapa inicial, antes de que la pesada maquinaria del Estado se adueñara de la situación con sus vigilantes de caqui y sus terminales de ordenador; desde tiempo atrás, el muchacho se había encerrado cada vez más en su insensatez hasta que, el día anterior, la trampa había caído sobre él definitivamente”.

Y se acabó. A partir de ese momento la “maquinaria del Estado” pasa a ser un personaje más en su novela, y no hay ninguna mención del narrador omnisciente en cuanto a causas y efectos. Es lo que hay, y se acabó. Por alguna razón, los soldados disparan a los niños que no pueden seguir su camino en la carretera. Lo que le importa a King no es la sociopolítica de Orwell, si no la desgracia del ser humano que la sufre. En esto, King es un verdadero y digno sucesor de Jack London, al dedicarse a los temas que mayormente preocuparon al autor de "El Talón De Hierro", en su vertiente de aventura cotidiana, lejos de los nevados parajes de Alaska. 





Y como el médico que maneja con gran precisión su bisturí, el Rey por supuesto que se permite sus propias obras de pura fantasía, o de ciencia ficción, apoyando su pluma donde le interesa, resaltando los temas que más rabia le den en ese momento.

Hablando de rabia, ya he apuntado también que “La Larga Marcha” es su primera novela. Tiene un deje de rabia, de mala leche como autor que tiende a desaparecer en su obra posterior. Más adelante, son sus personajes los que sostienen los brazos en alto. Sólo por este detalle, King merece mucho más respeto. Porque con su poder de narrar se pueden escribir buenas novelas, con un estilo propio, único, y eterno, pero también hay que cuidar el tono. King aprendió a reinar en sus propios mundos, sin que se note que él es el Rey. Algo que da miedo incluso pensar: sus personajes son más independientes que muchos de sus lectores. Independientes a la hora de levantarse o no de una silla; no me refiero a que puedan volar o no a Marte.
           
            Por si fuera poco, se puede disfrutar de King en cualquier momento de la vida. Al menos en nuestra época. Quizás, en el futuro, sus obras caigan en un provocado olvido. Por obscenas. Por tremebundas. Por ir contra la nueva sensibilidad imperante. Por terroristas, atentando contra la realidad utilizando artefactos explosivos llenos de fantasía. Por ser tan verdaderas que ya no dan miedo, sino que producen vergüenza ajena. Como ya le ocurrió al Divino Marqués. Pero el Rey es el Rey. Se llama Stephen King, y no ha caído en la trampa en la que cayó el francés. No hace falta dar tantos detalles. La sabia lección que aprendió de su maestro y vecino HPL.

            En resumen, lo que más aprecio de Stephen King como escritor es cómo ha sabido asimilar mil y una influencias literarias, creando una voz, estilo, tono, ritmo y todo lo que se quiera pensar, únicos. Todo encaminado a describir el mundo en el que vivimos, desde una primitiva tangencialidad hasta un postrero acuchillamiento indoloro al lector, directo y sin concesiones, dirigido hacia nuestras propias vidas, pensamientos y acciones. 


by George R. 

martes, 29 de mayo de 2012

Here Comes A Raincloud


            Un día de estos debería revisar todo lo que llevo escrito hasta ahora en estas páginas repletas de insensateces, e intentar clasificar las entradas en diferentes categorías. Ahora mismo, la división que se me ocurre es dual, como casi siempre. Si se pone a leerme con un poco de atención, cualquier psiquiatra tendrá mucho trabajo ahorrado para su próxima investigación sobre la neurosis. Dejo pistas por todas partes. Soy como un perro meón, medio vagabundo, con el olfato cada vez peor. Es como pasar por delante de una panadería, disfrutar de los efluvios de la harina tostándose, y de repente, observar que la panadería no es tal. Y no lo es porque sé que nunca entraré en ella. 

            Siguiendo este curso de pensamientos, hay muchas cosas que no son tales, porque nunca llegaremos a disfrutar de ellas, aunque las tengamos enfrente de nuestros mismos hocicos. Digamos que ésta es una de las dos partes de la dualidad a la que me refería.

            La otra parte de la dualidad es evidente. Es lo que es, aunque en la realidad no exista. Los paisajes, por ejemplo. Uno, según se hace mayor, va construyéndose una serie de valles y montañas en su cabeza. En mi caso, la cima que domina la vista es la del monte Fuji-san. Y a su derecha, se asienta el Ben Nevis, y a su izquierda, el Txindoki. La nieve que cubre sus laderas es una mezcla proveniente de muchas partes.

            Y así para todo. Escribir no deja de ser un ejercicio de copiar en limpio (más o menos) una reflexión que siempre está en sucio, y en continua metamorfosis. Solo que pasa el tiempo, y éste no está para darnos cinco minutos más y repasar la redacción antes de entregarla al profe de Lite.


***

            Paso a las recomendaciones. Quien sienta tanto como yo estos repentinos pinchazos existencialistas, religiosos, en el sentido que describo la realidad de la panadería de más arriba (ya la hemos superado, hemos doblado la esquina, y ahora nos encontramos con los olores a tinta fresca de una imprenta regentada por anarquistas), quizás pueda leer una novelita del inglés David Lodge llamada “Terapia”. En ésta se describe el existencialismo de Kierkegaard sin trampa ni cartón, con la ventaja de no tener que tocar ningún libro del escritor danés. Por cierto, Kierkegaard traducido al inglés significa “Graveyard”.

            En serio, un día de estos pido la nacionalidad británica, aduciendo que he leído mucha más literatura británica que española. [Idea para una próxima entrada: los pasaportes se expiden en función de criterios culturales, no geográficos. Si un señor tiene derecho a ser señora si se le pone en la polla, o en el futurible coño, ¿por qué no puedo yo cambiar mi nacionalidad, si demuestro que mis hormonas cerebrales me producen intensos sufrimientos, vejaciones, y estados de alteración nerviosa por el hecho de vivir en esta continua cagalera de país en el que me ha tocado nacer?].


***

            Sigo en Gran Bretaña. Y voy con una chica escocesa.  Se llama Maggie O´Farrell. Su prosa es cotidiana, femenina, se fija en detalles que pasan desapercibidos para la mayoría de los chicos. Su novela es “The Vanishing Act of Esme Lennox”.


           


            O´Farrell rescata, no sé si conscientemente, la tradición de Ann Radcliffe, y esto ya son palabras mayores. Su novela bien puede considerarse como gótica. Sustituimos el castillo de Udolfo por un manicomio de los años cincuenta del siglo pasado. Y poco más. Lo demás se repite. Integrismo religioso, una violación, un bebé que aparece de no se sabe dónde, encarcelación de por vida de una chica inocente, una hermana que se lava las manos, unos padres que además de esto, se añaden a sí mismos una crema de protección contra la memoria de un factor casi infinito. O´Farrell añade su propia dosis de modernismo.

Si el Alzheimer hubiera existido a finales del siglo dieciocho, ¿qué no habrían podido escribir gentes como M.G. Lewis o C. R. Maturin? Monjes en plácido retiro espiritual, habiéndose olvidado completamente de su última y bien reciente tropelía, con su instrumento de castigo todavía fuera de su anacrónica cremallera.

            ¿Y qué decir de las imposiciones del mercado? Porque uno, una vez encerrado en el castillo de Udolfo, no puede esperar que éste se venga abajo así como así. Uno no sale vivo de Udolfo, si no está a bien con los señores del castillo. Sin embargo, en la novela de O´Farrell, nuestra heroína sale a la calle, es liberada del hospital psiquiátrico, por la única razón de que el gobierno ya no es capaz de hacer frente a los gastos que genera. Se deshacen de ella. Los motivos de su encerramiento están enterrados bajo el polvo que se ha generado en su informe en los sesenta años que se ha tirado dentro del hospital.


            Y para los que piensan que me alimento a base de guindillas con salsa de tabasco, copio aquí un pequeño extracto de la novela. La víctima, una chica de dieciséis años, es obligada a mantener una conversación con cierto chico de la misma parroquia. Sus padres quieren deshacerse de ella mediante un matrimonio de lo más conveniente. Todos reunidos en el salón, bebiendo té. 


            Esme began playing the game she often played with herself at times like this, looking over the room and working out how she might get round it without touching the floor. She could climb from the sofa to the low table and, from there, to the fender stool. Along that and then
            She realised her mother was looking at her, saying something.
            ´What was that?´Esme said.

           
            Una de las mejores definiciones que he leído sobre lo que es la inocencia. Aunque la pobre Esme se está metiendo en graves problemas por su comportamiento.



***


            A continuación, una insólita fotografía que podría demostrar de una vez por todas la existencia de Dios (al menos en el que creen en Navarra). Ese Dios que nos echa una mano desde el cielo. Que nos ayuda. O que más bien se sigue ayudando. 

Y es tan grande, Padre. Tan grande que el bofetón duele incluso sin existir.




by George R.

martes, 15 de mayo de 2012

Gran Plaza Asimov


            Durante la tregua, se votó, y se aprobó por mayoría la propuesta. Se terminó por vender a peso la biblioteca. Enterita. Todos pudieron comer, a cambio, y con gran fruición, un generoso polo de fresa aquella calurosa tarde. Alguien se dio cuenta de que los envoltorios de los polos podrían a su vez ser vendidos. Su liviano peso quizás daría para otros tres o cuatro helados; a sortearse entre los perros que vigilaban el cumplimiento de la tregua. Así nos dejarían en paz un rato más. Pero, ¡a qué precio! Otro, al fijarse en el colorido envoltorio, comprobó que aquellos trozos de hielo rosado llevaban caducados más de seis meses. 

            Un Código Civil, apareció planeando por la Gran Plaza Asimov, y fue cortando, con sus afiladas hojas, varios y  sedientos cuellos. Los micrófonos cayeron al suelo.

            Alguien se levantó, sudando el derretido hielo que acababa de comer, y gritó: “¡Traición! ¡Devolvedme a Vonnegut!”.

            Y los que quedaban con vida, también se levantaron, y fueron al cercano almacén de papel. Lo saquearon. Descuartizaron el cuerpo del gusano comprador, que ya deglutía sin vergüenza la cubierta de una novela de Disch.

            Gracias a esta acción, la escuadrilla “Ballard” despegó y acabó en pocos segundos con los pesados y torpes Codigos Penales que empezaban a bombardear de nuevo la plaza.

            Los Tribunales disparaban a un ritmo infernal, desde sus cazas, muy parecidos a los antiguos Stuka nazis. Varios puestos de ametralladoras “Lem” cayeron con honor. Había escasez de granadas “Matheson”. La resistencia empezaba a debilitarse por momentos. No había suficiente artillería para contrarrestar la fuerza de las grandes editoriales de leyes, que usaban sus generosas ediciones para contrarrestar la agilidad de sus adversarios. 

            Un regimiento de cangrejos metálicos, cubiertos de nombres absurdos, la temida guardia socivil, avanzaba de culo sobre la planicie Asimov. Francotiradores partidarios de Cela, y de Vargas Llosa, tiraban a dar, con blancos fáciles, apostados desde los edificios que cercaban el lugar como una trampa. Apenas quedaban en el cielo aviones. La pequeña escuadrilla “Ballard” había pasado a la historia.

            Se habría perdido la guerra, sin duda, si no fuera por lo que ocurrió al anochecer. Un batallón de baldosas, el “Jonathan Swift”, resurgió de sus cenizas. Refrescadas por la acción de la noche, empezaron a despegarse del suelo. Lo que siguió fue, más que una revuelta, o una batalla, o una guerra, una metamorfosis. 

            El viejo papel editado a finales de los años setenta, y ochenta, empezó a lanzar granadas de humo “Aldiss”, capaces de hacer pulpa en pocos momentos al nuevo. Cayó el tanque Constitucional, explotando en mil pedazos en mitad de la plaza. Por fin, empezó a llover la negra tinta que nos había cogido por los huevos hasta entonces. Y, al amanecer, todos pudimos ver la Gran Plaza Asimov decorada con nubes que se transformaban en poemas de Gautier.

            Me fui a dormir tranquilo.

by George R.
           
           

viernes, 4 de mayo de 2012

En Espejo


Pampolona, 4 de Mayo de 2037.
Diario de NaBarro (edición Ángelus). 

            A más de uno le sorprenderá observar el formato de este artículo en la edición impresa de un periódico de gran tirada como es el nuestro; publicado en castellano. Sirva como homenaje y para recordar que hoy se celebra el 25 aniversario del “Gran Cambio”. Todos nos hemos acostumbrado a leer en Espejo, la lengua que sustituyó oficialmente al Castellano en los medios escritos. No hace tanto tiempo como nos parece. Y fíjense en lo complicado que era entonces para los periodistas expresar todas las noticias en el farragoso y extenuante idioma de Cervantes. Esto mismo que acaba de escribir un servidor de ustedes, no sin ciertos esfuerzos mentales, se resumiría en espejo, casi huelga escribirlo, así: aniversario espejo, lingüistas/historiadores, 80. 

            Como saben hasta los más pequeños de nuestras casas, el espejo no es sino la misma lengua que el castellano, pero con dramáticos cambios añadidos en cuanto a su productividad. Uno de los aspectos más notables de la metamorfosis lingüística del antiguo idioma se basó en el hecho de que fue la población, y no sus gobernantes, la que exigió a las cabezas pensantes del país una simplificación absoluta.

La clasificación del propio lenguaje únicamente en profesiones y temáticas generalistas es lo que caracteriza por encima de cualquier otro concepto a la lengua espejo. Esto ayuda sobremanera al lector indicándole en todo momento si vale la pena seguir leyendo, en cuanto a una serie de criterios establecidos democráticamente. Así, sólo los lingüistas o historiadores deberían estar interesados en este artículo (que escribo hoy, repito, en castellano como homenaje a aquel antiguo idioma, no se me asusten si no entienden lo que leen). Es responsabilidad del propio lector, que no es lingüista ni historiador seguir leyendo algo por lo que no debería sentirse atraído con una probabilidad del ochenta por ciento. La escueta y dulce cifra que guía al lector, como un gran faro en una larga noche de niebla sazonada con asesinos armados con guadañas, sobre sus posibilidades de fracaso, de insatisfacción en la lectura que experimentará si no es lo que se indica justo antes del redentor número.

Los inicios no fueron tan fáciles, por supuesto. En los primeros años de vida del espejo hubo innumerables confusiones, debidas a la falta de un acuerdo general. Algunas publicaciones añadían cifras de probabilidades de éxito con la lectura. Así, éstas se convertían en pasatiempos de lo más improductivos. Por ejemplo, cierto taxista, o carnicero, o concejal de ayuntamiento, podía fijarse en la siguiente frase: IPC, economistas/astrólogos, 90, y bien podía pensar que tenía ante sí un buen puñado de posibilidades de entretenerse con esta lectura, cuando en realidad era al revés. Otros editores referían sus números de probabilidad exclusivamente al tipo de usuario temático mencionado, olvidándose de los posibles disfrutes del resto de lectores. Por ejemplo, Windows, gilipollas, 99.

 Sin embargo, poco a poco, se consiguió llegar a unos usos y costumbres generalizados. Ya estamos habituados a leer libros que se resumen en una sola frase y probabilidad:  Policía, constructores/traficantes, 96. Bragas, voyeurs/sacerdotes, 50. Trabajo, ¿quién?, 92. Ballard, idealistas/autistas, 98. Árbol, ecologistas/atormentados 100. 

Para los que sigan entendiendo lo que escribo, déjenme que les cuente un secreto en castellano. Que nadie más se entere. Una exclusiva. El origen de la mítica ciudad de Carcosa (la de Bierce) se encuentra en las Bardenas Reales de nuestro Reino. El Ejército Español aduce prácticas de tiro cuando en realidad lo que desea es eliminar de una vez por todas al único habitante de Carcosa (que, como todos sabemos, está muerto desde hace más de quinientos años). Otra cosa es que sea un zombi.

Cumpliendo con el real decreto 101/2032, ofrecemos al lector el artículo que acaba de leer en la lengua oficial espejo:

Aniversario espejo, lingüistas/historiadores, 80.  Espera un momento, quizás sea mejor aburridos/alienados, 85. Decídete. Carcosa, friki, 95. Ejército, militares/enfermos mentales, 90. Hasta otra, amigos. 

Y no olviden lo más importante. Todas nuestras noticias, artículos de opinión y reportajes están a su disposición en su versión castellana, previo pago individualizado, a un precio imbatible.

by George R.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Rebelión En La Panza


            Diez de la mañana, Poultry Street, Farmy Land. Desde que he dejado mi habitación en Whitechapel han pasado ya más de noventa minutos. De los seis días que llevo peinando Londres, its streets and mews, he estado en otros tantos locales hosteleros, que deben cumplir necesariamente estas condiciones: ser amplios, poco concurridos (al menos en el momento en el que entro en ellos), y tener la posibilidad de acceder a un enchufe para escribir con mi portátil sin que su batería me dé problemas. Así, me resulta cada vez más difícil encontrar una cafetería que me resulte atractiva en esta ciudad. Este lugar, Farmy Land, supone un inesperado añadido en mi particular currículum de visitas londinenses. Tomarse un café con leche en una tienda de productos delicatesen es algo nuevo para mí. Fuera, prometen una hora feliz de doce a una, Greenwich time, needless to say. Dentro, varios mostradores atentan sin escrúpulos contra el bolsillo de la clientela, que por otra parte no es consciente de ello, o no le importa demasiado. Más allá, al fondo, donde me encuentro sentado, he visto varias mesas vacías, que en mi caso han servido de efecto llamada. Todo hay que decirlo: las dos camareras son preciosas. Seguramente galesas. Se las ve contentas y puras, manejándose entre salsas rosas y verdes con una gracia que ya no se encuentra entre los mejores abolengos de la propia Londres.         

Un par de señoras disfrutan de un desayuno solo apto para suicidas gastronómicos. Cuatro tostadas borrachas de mantequilla se van echando a perder según son introducidas en un colmado cuenco de té con leche. ¡Puaj! Una de ellas sujeta a un perrito marrón por la correa, que olisquea debajo de la mesa, mientras que le habla a su supuesta amiga, que a su vez, trata de que no se acerque demasiado el cerdito que lleva dentro. Cosa que no consigue, pues, de sus carnosos labios, escucho como cinco veces en dos minutos la palabra roast, con lo que me desconcentro del todo. Empiezo yo también a pensar en pastelillos de carne, y en chuletas de cordero. De todos es conocida la suprema habilidad que tiene per se el idioma inglés para aunar en una sola palabra definiciones que a la vez comprenden formas, sensaciones, sentimientos, alegorías, o incluso apologías. Los ingleses hablan casi en verso, sin saberlo. Y es mérito de la lengua, no nos confundamos. Algo así como espontáneo, y simultáneo. No deberíamos pensar que los ingleses son capaces de hacerlo por sí solos. Su simplicidad se lo impide; sin embargo es esta misma simplicidad la que consiguieron injertar en su lengua. Incomprehensible.

En realidad, estas dos señoras que tengo delante, al usar y abusar de la palabra roast lo que están haciendo es insultarse mutuamente. Pero con formas que ni el mismísimo Baudelaire. Algo así como: “Maldita cabrita gorda, en tu perra vida volverás a poder ponerte cerda de roast-beef si no es para morirte en el intento”, etc, etc…



Doce menos diez. Farmy Land. Se acerca la happy hour, y yo, como siempre, en vez de escribir, se me va el bolo en digresiones mentales que no me hacen ningún bien. Parece que esto se empieza a animar. Voy a tener que ir a pagar el café, y seguir a la caza de librerías de viejo. Las dos señoras ya se han marchado.



Tres y cuarto. Winston Smith´s Café. He tenido que entrar en una cafetería de cuarta (¿o de quinta?), para poder sosegarme un poco. ¡Vaya mañanita! Lo mejor de todo es que he encontrado una primera edición de Algernon Blackwood por un par de libras en un callejón cercano a Lime Street. Un chollito. El chaval que me la ha vendido, con cara de estar traficando con cables de cobre, me ha dado las gracias; señal de que las dos libras son para él. Punto y aparte. Y retorno de carro.

Vaya, vaya con Farmy Land. Al final me he tirado allí hasta las doce y diez. Simplemente observando el panorama. Iba a pagar el café. Me acerco a la barra. Las dos camareras, fuera, fumándose un cigarrillo. O parte de él. Me atiende una gigantesca y blanca forma humana, que posee un negrísimo rostro. En su inmaculado traje de cocinera lleva un pin con los cinco aros de las Olimpiadas londinenses convertidos en coloreadas cabezas de cerdo, algo que me ha resultado entrañable. Su gorro no es otra cosa que un inmenso cuerno. Me dispongo a dejar un billete de cinco libras sobre su… pezuña. Y es que realmente aquella cocinera me muestra una, que sospecho que es de plástico. Mientras yo la observo, la pezuña, ella, la cocinera, levanta la cabeza y se dispone a dar la bienvenida a la pequeña riada de empleados de la cercana Bolsa de Londres que se acerca al local. Las dos camareras ya han vuelto. Supongo que son ellas, las galesas, porque no las consigo reconocer. Ambas llevan una máscara que representa una oveja. Empiezo a preguntarme qué diablos pinto yo en ese local. Las dos bellas ovejas se ponen a retirar con inusitada rapidez los cartelitos que están hincados en los productos que se venden en el mostrador principal. Bandejas llenas de asados diferentes, básicamente. Sándwiches. Quesos. Zumos. Con movimientos que parecen una coreografía ensayada cientos de veces, las ovejas proceden a volver a colocar rótulos, diferentes a los que acabo de ver retirar, sobre los manjares a la vista de todos. Mientras, la negra disfrazada de blanca cerda saluda a la clientela, que se amontona a mi lado, con sus correspondientes maletines, y psicóticas conversaciones de periódico color salmón. Sencillamente, no puedo escuchar bien lo que se dicen entre ellos, pero sí lo que piden. 
One of beaten to death duck, please.
Creo haberlo entendido bien, y efectivamente, a diez libras se vende el sándwich de pato apaleado hasta la muerte. El cartelito me lo confirma. Una de las ovejas me devuelve el cambio.
Just one piece of gang-raped goat cheese, if you please.
Jóder, me giro con cara de asombro, y veo a un tipo que no debe pasar de los treinta. Si pide en público un trozo de queso de cabra violada en grupo, ¿qué es lo que no comerá en su casa? Treinta libras. Las ovejas obedecen, ofreciendo a su público justo lo mismo que venden en el local de enfrente, pero con unos preciosos (y bien cobrados) gramos añadidos de poesía. La cerda ha desaparecido de mi vista. Yo también me he largado, no sin antes sacar una foto. 




Holy Happy Hour.



by George R.