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sábado, 16 de noviembre de 2013

Abe Kobo - El Hombre Caja (1973)

Abe Kōbō (安部公房 ) (Kita, Tokio, 7 de marzo de 1924 - ib., 22 de enero de 1993)


El pasado 31 de Diciembre terminé de leer esta edición de Abe:








No quiero que pase un año sin dedicar una entrada, como se merece, a esta edición. Además, ante la invasión de novedades editoriales japonesas, muchas ultra-edulcoradas, no hay más remedio que seguir luchando por resaltar la figura de este escritor. A veces me dan ataques de diabetes mental ante los despliegues mercadotécnicos sobre el "Japón de la post-guerra" y el "Japón cotidiano", a través de novelas pasadísimas de moda, y mangas y animes que no sirven practicamente más que para pasar el rato. Ni ostias de realidad japonesa, que nadie se lleve a engaño (a no ser que nos bajemos al nivel de lo que se emite en la televisión local, o provincial, y todos contentos).


Acudiendo a las palabras de Pascal Martinet, un crítico de cine, que decía sobre Mario Bava y una de sus mejores películas: “el genio de Bava en Lisa e il diavolo consiste en hacer coherente un conjunto desordenado de imágenes mentales, donde todo es falso, y el reconocimiento por el espectador de dicha falsa realidad es la base misma del arte cinematográfico”. No se puede describir mejor el genio de Bava, y para el caso de Abe, creo que sirve de sobra la afirmación de Monsieur Martinet.  

Al igual que hay mejores y peores cosechas de vino, hay mejores y peores épocas para el arte. Y no cabe duda: durante la primera parte de la década de los setenta, las cosechas fueron excelentes. Casualmente, Lisa e il diavolo se rueda el mismo año que Abe escribe El Hombre Caja, Hako-otoko (1973).

Solo que hay una diferencia. Lo que parece que es falso en Abe, no lo es tanto. De hecho, es bastante cierto. Al menos, la base.  

Elementos comunes en la obra de Abe Kobo son precisamente las tapas de alcantarilla, las jeringuillas, los espacios curvilíneos. Creación de personajes cuya misión es representar ideas. Y muchas veces son ideas poco detalladas, por lo que el personaje se convierte en una figura misteriosa, sin pasado, sin futuro, con un presente tan acotado como lo es el del lector que le imagina en ese momento. Porque una vez que se pasa la página, con ésta se queda la idea. Seguimos viajando con el mismo personaje, y a saber dónde nos llevará en la próxima escena. La habilidad de Abe para dar una forma al conjunto es única. Ahora, tampoco podemos decir cuál es la forma que se ha creado. Desde luego que no se trata de los perfectos triángulos que creó Flaubert (cuyos tres vértices son él, sus personajes, y el propio lector). De las obras de Abe surgen extraños objetos amorfos; tan amorfos, y tan reales, como esas nubes que vemos pasar por el cielo, en las que de repente alcanzamos a ver la forma de las islas británicas, o la de un pie humano. Y vemos ese pie de una manera tan evidente, que cuando se lo hacemos notar a la persona que está a nuestro lado, ésta no tiene más remedio que asentir. 


"El Hombre Caja" tiene como protagonista un hombre-caja. De estos, hay muchos en las grandes ciudades, como Osaka, o Tokio. Aquí, tenemos una muestra: 




Personas que han salido de la sociedad. Parece que nadie se ocupa de ellas. 



Ambas, cerca de Doubutsu-Mae, Osaka, Marzo 2005. Cortesía de Gorcin, un amigo.



Y ahora, dejo una serie de textos, seleccionados de esta obra de Abe. 


“Desde luego, habría podido violarla sin quitarme la caja, acto que, con un hueco para dejar pasar el pene, no sería imposible del todo si estuviera dispuesto a aguantar la incomodidad; pero en tal caso sería indispensable la colaboración de ella, aparte de que tardaría mucho tiempo. ¿Habré perdido tanto tiempo en ahuyentar al perro? Es probable, al ver que ella ya no está desnuda; en un rincón del cuarto está fumando un cigarrillo, apoyada contra el escritorio de trabajo. Envuelta en la bata blanca con todos los botones abrochados, que ya ni deja ver las piernas. Con las piernas cubiertas, parece otra persona, ajena a su identidad. Ya ha fumado dos tercios de su cigarrillo. Las cejas arqueadas, con índices de cansancio. Una lavativa que se asoma por el bolsillo de la bata. Los dedos delgados y fibrosos que se enlazan por el tubo de hule, con las uñas esmaltadas de color plata. Ya ni puedo creer que estuviese desnuda hasta hace apenas unos minutos. ¿O se trata de una simple ilusión creada por el espejo? Del otro lado del seto se oye el resoplido melancólico del perro que golpea la lata contra la tierra. Al frotarme el cuello, me doy cuenta de que no dejan de formarse hilillos de mugre y me deprimo, haciendo una bolita sucia con los dedos. No sé por qué, pero me siento humillado al ver que no ha sucedido de verdad lo que no iba a suceder jamás y lo que yo no deseaba que sucediera; es decir, que el falso hombre caja la poseyera a la fuerza".  



"Me golpeas sin fuerza los hombros. Sigo haciéndome el dormido. Me enrollas el brazo izquierdo con un cordón de goma y me metes el bisturí por el lado interior del antebrazo en busca de la vena. La piel con varias capas de costras endurecidas obstaculiza la inyección directa. El músculo blanco chorrea muy poca sangre. Agarras la vena con algodón hidrófilo para aplicar la jeringuilla. La sangre ennegrecida refluye a través de la aguja y se adhiere al interior de la jeringuilla. A pesar de que el pistón está retirado hasta el límite, a la altura de «20», el contenido no lleva más de 3 cc de morfina. Después de quitar el cordón de goma, me inyectas primero los 3 cc. En el caso de que despierte (lo cual es imposible pues sólo me hago el dormido), podrás inventar excusas convincentes, diciendo que me regalaste un extra de morfina, al verme con la respiración débil. Empiezo a respirar más hondo en apariencia y las facciones del rostro, laxas desde antes, se aflojan aún más para dejar un síntoma de muerte sobre los labios. Sigues bajando el pistón y ahora sólo me inyectas aire. La vena salida se hincha de tal manera que ya se asemeja al estómago de un pez. Sacas la jeringuilla y untas con pegamento la piel para cerrar la herida con fuertes apretones de los dedos. No me importa el tratamiento un tanto rudo, ahora que no necesito curarme ni preocuparme por la supuración. Quizás ya estoy soñando. Aunque me cortaran un par de dedos, sólo me dolería como un bocado de salchicha demasiado picante. De repente se me acelera de nuevo la respiración, que ahora maúlla intermitente en la garganta áspera, hasta que de pronto se corta. En el sueño me encuentro a la entrada de una ciudad sin sombra, montada sobre innumerables arcos relucientes. Al entrar con el cuerpo retorcido por las carcajadas, me veo flotando en el aire. Libre de sombra, me he liberado también de peso. En ese mismo instante, estoy acostado sobre la cama con los dientes rechinando, lanzando las piernas hacia arriba como un pez recién pescado. La cama también rechina sincronizada, con centenares de muelles estallando en diferentes tonos, como ramas secas quemadas en una hoguera. El rechinamiento se cuela en el sueño, produciendo resonancias en un bosque de arcos, y da inicio al concierto de despedida para mandarme en paz al más allá. Revoloteando con las rodillas abrazadas, me siento feliz y un tanto sentimental. Un close-up de ella, sollozante por mí. Le sienta muy bien el olor a invierno, al igual que un árbol joven de alerce. Estiro los dedos y se abre el aire para convertirse en un ano. Me estoy sofocando. Abro la boca y siento afuera una presión abrumadora que ya no me permite retirar la lengua. En el momento en que meto la lengua erecta en el ano de aire, se congela el sueño, todo queda en negro. Y estoy muerto".




"Sin embargo, hay que aprender algunos trucos para hurgar restos de comida. A diferencia de los mendigos y vagabundos «profesionales» que se adaptan a su vida a largo plazo, los hombres caja no somos capaces de tragar cualquier comida que se consiga. No es cuestión de holgura sino de higiene. No quiero decir que todas las sobras de comida estén sucias, pero no tenemos disposición mental para probarlas, quizá debido a esa terrible pestilencia. Yo mismo jamás me acostumbré a ese olor nauseabundo". 




"Al parecer, esto se debe a la sensación desagradable de que el sabor no se corresponde al olor. En estado normal, podemos comer sin desconfianza ni escrúpulos porque la lengua sabe distinguir el porcentaje de ingredientes basándose en sus olores particulares, sea pescado, carne o verduras: por ejemplo, nos repugna cuando un camarón frito sabe a plátano o cuando un chocolate tiene sabor a almejas a la brasa. En el caso de los restos de comida, que son sólo mezclas azarosas de muchas comidas, nuestro sistema fisiológico los rechaza, aun cuando mentalmente estemos convencidos, porque no somos capaces de establecer vínculos entre los ingredientes y los olores. 



Por tanto, el primer paso para hurgar restos de comida consiste en buscar algo seco con un olor suave. Esto no es nada fácil. Grosso modo, las sobras de restaurantes y bares se dividen en dos grupos: comestibles perecederos, que constituyen la inmensa mayoría, y comestibles, fáciles de identificar, que, una vez servidos, ya no se pueden reciclar para otros clientes, tales como panes, cosas fritas, pescados secos, quesos, dulces y frutas. Los primeros se depositan, después de separarlos de objetos incomibles como palillos, servilletas y platos rotos, en recipientes grandes de plástico para que todas las mañanas se los lleven los camiones de criaderos de cerdos. Los segundos son bastante difíciles de encontrar pese a su supuesta abundancia, quizás porque los reciclan de alguna manera aun cuando están en malas condiciones; los panes se pueden convertir en harina al secarse y despedazarse, y de los huesos de pescado o pollo frito se puede sacar buen caldo". 





"Al observar el paisaje, la gente tiende a recordar sólo los elementos que le son necesarios; por ejemplo, se acuerda bien de la parada de autobús, aunque nada en absoluto del sauce, mucho más grande, que está al lado. Una moneda de cien yenes sobre la calle es más que llamativa, pero un clavo oxidado o una hierba cualquiera a la orilla de la avenida es menos que inexistente. Desde luego, la gente llega a su destino sin perderse gracias a esta capacidad de selección. No obstante, todo se ve diferente a través de la mirilla [de la caja]; se igualan y homogeneizan todos los detalles del paisaje: colillas de cigarrillos… legañas de un perro… ventanas del segundo piso con cortinas ondulantes… surcos de un barril torcido… anillo que aprieta un dedo gordo… rieles extendidos… bolsa de cemento mojado y endurecido… mugre de uñas… tapa de alcantarilla mal ajustada… Pero me gusta verlo así. Quizá porque un paisaje tan borroso y sin enfoque se parece mucho al estado en que me encuentro". 






"Éste es el barrio de los hombres caja, donde los ciudadanos se obligan al anonimato y residen bajo la condición de ser nadie. Todos los registrados serán eliminados por el mismo hecho de haberse registrado".  




"La falsa meta para quienes siguieron corriendo sin alcanzarla nunca. El estadio nocturno, con banderas flameando, abandonado desde antes por los árbitros y el público". 




"Me dan ganas de sobrevivir cuando observo cosas diminutas: gotas de lluvia o guantes de cuero encogidos por la humedad… Me dan ganas de morir cuando observo cosas demasiado grandes: el edificio del Congreso o un mapamundi…". 





(1924-1993)


by George R.

domingo, 8 de abril de 2012

En Defensa Del Giallo

            Hace poco he terminado de leer una serie de ensayos de E.M. Forster sobre diversos aspectos de la novela. A pesar de que no comparto sus críticas literarias (sus desaforados ataques contra Walter Scott me parecen típicos de un reaccionario inglés; alaba a su vez a contemporáneos suyos que hoy en día sólo deben leer los profesores de literatura inglesa de CambridgeArnold Bennett, por ejemplo), Forster acierta a darnos unas claves sencillas, pero  muy útiles sobre el cuerpo de una novela, y entre otras cosas, acerca de lo que es contar una historia, y de lo que es un argumento. Dos aspectos que son diferentes.
           
Llevo sus ideas al cine. Y, en concreto, al género giallo (que supongo que no necesita mayor presentación, pero sí un poco de mejor publicidad).

            Tampoco es que vaya ahora a descubrir la pólvora, entiéndase, pero al menos, los aficionados a contemplar estas películas italianas quizás podrán descansar más tranquilos esta noche. Rimboccando le coperte.

            Algunos aficionados al cine de terror, críticos del giallo, se quedan a las puertas de este género proclamando una y otra vez que estas películas carecen de un argumento concreto, que son un sinsentido argumental. Que no son sino una concatenación de asesinatos que se cometen sin sentido alguno. Una explotación alevosa de las herramientas que ofrece el cine: una cámara, un decorado, una determinada actriz (o a veces actor), música, iluminación, etc..., según calidades, of course! Otros dicen de disfrutarlas, en su mayoría adolescentes, al ver diferentes crímenes, a cuál más singular, o cruel (como era mi caso hace años), y se contentan con esto. Que ya es algo.
           
            Voy a escoger un caso atípico entre los giallo: “Un hacha para la luna de miel”, (Il rosso segno della follia, 1970, Mario Bava). Atípico porque desde el principio se sabe quién es el asesino. Un tipo que dice estar loco, y que de vez en cuando, no le queda más remedio que asesinar a bellas jovencitas. ¡Vaya manera de empezar una película! ¡Si ya sabemos quién es el asesino en el primer minuto! Aquel ejercicio de Hitchcock con “Psicosis” se queda en algo casi como de amateur. 

            Vayamos al quid de la cuestión. Aún conociendo al asesino, podemos dejarnos llevar por la historia que se cuenta. Tras una monada asesinada, a la manera que haya preferido Bava, vendrá otra. Y luego otra. Y otra. La historia es tan simple como ir a pescar al río; con suerte, los peces pican. Surgen preguntas. ¿Cuántas chicas serán? Si alguien se queda sólo con esta cuestión, es que sufre de algún retardo, o problema sensorial. ¿Cuándo y dónde? La cosa mejora. ¿Cómo? Nuestras neuronas ávidas de disfrute estético nos hacen pulsar el botón de retroceso de nuestro mando a distancia. Contemplar de nuevo la escena. Sólo con el “cómo” el giallo cumple de sobra como película, y nos hace pasar un rato de lo más entretenido. Algo que no se puede decir de las de vaqueros e indios. Siempre es con bala, o flecha; o como mucho, con hacha. Y, generalizando, las de policías y ladrones, héroes y antihéroes, ¡ay!

            Pero queda la pregunta más importante: ¿Por qué? Esta es la base del argumento, que no de la historia que se cuenta en un giallo. Bava en “Un hacha para la luna de miel” no hace descansar a su personaje hasta que descubre por qué se ve obligado a asesinar. Entonces, sufre su particular condena.

            Y parece tan fácil de lograrlo sobre el papel…

            Cualquier giallo cumple con esta premisa. Así, en los años setenta, el público se alimentaba tan ricamente de estas películas, en los cines comerciales, porque entendía su cometido. Vinieron los años 80, y muchas cosas tan básicas como la que intento explicar se fueron a tomar vientos. La pregunta del “¿Por qué?” desapareció de las pantallas. Ya no hacía falta dar explicaciones. Se supone que el asesino mata, y ya está. Al parecer, las películas colaban igual, por lo que mejor no enredarse en pautas de pensamiento, en causas-efectos. Y si se llega a  alegar algún motivo, éste suele resultar externo, por no decir globalizador; como si parte de la culpa la tuviera el público. En el giallo, el asesino sufre de un complejo claramente interno, heredado, o bien aprendido en familia. Y la madre siempre, o casi siempre, es el origen del mal que surge en el hijo. Que por algo son películas italianas. Hitchcock sabía algo de todo esto. Los americanos copiaron una vez más el modelo, o mejor, la carcasa, la estructura, la caja de cartón que lo envuelve, pero sin ningún éxito (con la excepción de John Carpenter /“Halloween”). El mejor horror que viene de América, sin embargo, procede del bosque. O procedía, hasta que lo deforestaron del todo.





           
            Evviva il Giallo! Espero haber convencido al menos a las asociaciones que defienden el concepto de familia. Sin ella, nos quedamos sin él.

viernes, 6 de abril de 2012

At The East Of The Mountains Of Easter

           Es sobradamente difícil expresarse con esta canción que retumba en mi cabeza. Y, ¡oh!, tú, lector, ¿qué estarás escuchando ahora mismo?

           Lo importante es que sea algo espontáneo (espero al menos que no sean los Beatles). En el futuro que se acerca hacia nosotros, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, lo de menos es el propio futuro, y el nosotros. ¡Abajo con las utópicas distopías! Las madres darán doble ración de besos a los bebés que se meen en mitad del concierto.

            Escribo esto después de leer una interesantísima historia que he escuchado en una cadena de radio jordana (no siempre va a ser la BBC la fuente de mis recursos).

            Al parecer, en un pequeño pueblo de Jordania, tras una proyección de una película en el cine-club local, se formó una pequeña secta de seis personas (todos varones). La base de su nuevo credo era lo crudamente espontáneo. Sus esposas fueron las primeras que empezaron a sufrir los enormes cambios que conllevaron la nueva creencia. Un calzoncillo en la sartén; mantequilla en la jabonera, como se suele decir.

            Todas las religiones, nuevas o viejas, aparte de poseer una base filosófica, deben nutrirse de la velada amenaza de un final más o menos feliz. Es como ver una película. Uno espera. Primero: que se acabe. Segundo: bien o mal. Tercero: rezar para estar de acuerdo con lo que sucede al final.

             La película que se proyectó fue "Seis Mujeres para el Asesino", un clásico del cine italiano, Sei donne per l'assassino.

            El grupo de varones, al salir de la sala habló, y mucho; bajito, por si acaso. Avergonzados de haber visto la película decidieron suicidarse. Y lo que hay que destacar por encima de todo es el método que eligieron para llevar a cabo su escolástica misión.

            Quien de los seis, y recuerdo que eran seis los hombres que se reunieron, hablaron, y formaron la nueva religión, que primero viera otras cinco veces la película (haciendo así un total de seis), tendría el derecho a matar a uno de sus nuevos colegas de credo. Tras lo cual, y transcurridos seis meses, habiendo hecho un nuevo recuento de visiones de la película, y sin que ninguno de sus amigos del alma hubiera llegado también al mágico número de seis, el primer asesino podría cobrarse otra víctima. Armas: a elegir entre cuchillo, hacha, o martillo. Mejor de noche. Lo óptimo: acercarse al goticismo de Mario Bava. Lástima de que en Jordania apenas llueve, o truena, y no hay setos tras los que esconderse. Todo no puede ser, decía el locutor de radio. Y qué razón tenía.

            Lo más importante aún resta por aclarar. La base, el cimiento, el sostén de aquel acuerdo tomado en las aceras del pueblo, al dejar las puertas del cine club.

            Alguien pensará que lo más fácil hubiera sido conseguir como fuera una copia de la película, y verla cinco veces seguidas. Quien antes terminara, antes liquidaría aquella especie de apuesta. Las religiones, también, además de ser películas con las que uno normalmente no está de acuerdo, por muy buena que esté la actriz principal, no dejan de ser apuestas. Están perdidas de antemano, pero se adaptan muy bien a la idiosincrasia humana. Si yo apostara ahora a que Shakespeare escribió "La Isla del Tesoro", tendría mis seguidores, fieles hasta la muerte. Pero, tranquilos, esto lo dejo para otro día. Me debo a la historia de la radio.

            Lo más importante, como decía al principio, es la espontaneidad. Aquellos hombres jordanos podían ver la película únicamente si se encontraban con ella de forma espontánea. Imaginemos que uno de ellos está rebuscando en un contenedor de basura, y de repente, como salido de la nada, se encuentra con un viejo vhs de "Seis mujeres para el asesino". ¡Qué suerte! O, de viaje a la capital, acompañando a su hija por trámites de separación, repara en que hay un festival de cine italiano, en el que se programa, más allá de la medianoche, esta película. O, si por algún casual, el programador de la televisión oficial se confunde de cinta, y la difunde sin querer. Hay que contar también con Internet, pero ir al google, buscar un .rar, o un .torrent no es, digamos, algo que sea demasiado espontáneo. ¿Verdad? Casi como comprarla en ibei. No vale, trampa, pecado mortal.

            Aún así, surgen preguntas. Muchas. ¿Qué ocurre si esa cinta de vhs está en mal estado y sólo se pueden ver los primeros treinta minutos? Peor aún, ni siquiera se alcanza a ver la entrada en escena de Eva Bartok. No vale. No se puede contar como revisionada. Ni como media ni un cuarto. Hay que verla entera. Fino a il Fine tutto è Pellicola. Y, por supuesto, cada encuentro con este tesoro del settimo arte sólo puede contarse por una vez.

            Estaría muy mal también sugerir al chaval que la consiga él, y preguntarle a los pocos días si tiene por ahí alguna película que ver porque papá está aburrido. ¡NO! Puramente espontáneo. Mientras, este papá tan paciente seguirá cagando donde le plazca. Porque su nueva religión se lo permite. Su vida está bajo un yugo, el de Bava, pero éste está más lejos que el propio Alá. Y, por último, aparte de razones de parca inteligencia, queda la memoria. ¿Dentro de veinte años será capaz de recordar cuántas veces ha visto la película? ¿Una? ¿Dos? ¿Cuatro? ¡Nooooooooooooooooooooo!

            Seamos sinceros. Es más fácil que Stevenson sea Shakespeare, que estos buenos hombres vean otras cinco veces, de forma espontánea, Sei donne per l'assassino. Serían cinco milagros seguidos. Jodidamente complicado. Como dejar embarazada a la Reina Isabel I, hoy, ayer, y por los siglos de los siglos.





by George R.