miércoles, 2 de mayo de 2012

Rebelión En La Panza


            Diez de la mañana, Poultry Street, Farmy Land. Desde que he dejado mi habitación en Whitechapel han pasado ya más de noventa minutos. De los seis días que llevo peinando Londres, its streets and mews, he estado en otros tantos locales hosteleros, que deben cumplir necesariamente estas condiciones: ser amplios, poco concurridos (al menos en el momento en el que entro en ellos), y tener la posibilidad de acceder a un enchufe para escribir con mi portátil sin que su batería me dé problemas. Así, me resulta cada vez más difícil encontrar una cafetería que me resulte atractiva en esta ciudad. Este lugar, Farmy Land, supone un inesperado añadido en mi particular currículum de visitas londinenses. Tomarse un café con leche en una tienda de productos delicatesen es algo nuevo para mí. Fuera, prometen una hora feliz de doce a una, Greenwich time, needless to say. Dentro, varios mostradores atentan sin escrúpulos contra el bolsillo de la clientela, que por otra parte no es consciente de ello, o no le importa demasiado. Más allá, al fondo, donde me encuentro sentado, he visto varias mesas vacías, que en mi caso han servido de efecto llamada. Todo hay que decirlo: las dos camareras son preciosas. Seguramente galesas. Se las ve contentas y puras, manejándose entre salsas rosas y verdes con una gracia que ya no se encuentra entre los mejores abolengos de la propia Londres.         

Un par de señoras disfrutan de un desayuno solo apto para suicidas gastronómicos. Cuatro tostadas borrachas de mantequilla se van echando a perder según son introducidas en un colmado cuenco de té con leche. ¡Puaj! Una de ellas sujeta a un perrito marrón por la correa, que olisquea debajo de la mesa, mientras que le habla a su supuesta amiga, que a su vez, trata de que no se acerque demasiado el cerdito que lleva dentro. Cosa que no consigue, pues, de sus carnosos labios, escucho como cinco veces en dos minutos la palabra roast, con lo que me desconcentro del todo. Empiezo yo también a pensar en pastelillos de carne, y en chuletas de cordero. De todos es conocida la suprema habilidad que tiene per se el idioma inglés para aunar en una sola palabra definiciones que a la vez comprenden formas, sensaciones, sentimientos, alegorías, o incluso apologías. Los ingleses hablan casi en verso, sin saberlo. Y es mérito de la lengua, no nos confundamos. Algo así como espontáneo, y simultáneo. No deberíamos pensar que los ingleses son capaces de hacerlo por sí solos. Su simplicidad se lo impide; sin embargo es esta misma simplicidad la que consiguieron injertar en su lengua. Incomprehensible.

En realidad, estas dos señoras que tengo delante, al usar y abusar de la palabra roast lo que están haciendo es insultarse mutuamente. Pero con formas que ni el mismísimo Baudelaire. Algo así como: “Maldita cabrita gorda, en tu perra vida volverás a poder ponerte cerda de roast-beef si no es para morirte en el intento”, etc, etc…



Doce menos diez. Farmy Land. Se acerca la happy hour, y yo, como siempre, en vez de escribir, se me va el bolo en digresiones mentales que no me hacen ningún bien. Parece que esto se empieza a animar. Voy a tener que ir a pagar el café, y seguir a la caza de librerías de viejo. Las dos señoras ya se han marchado.



Tres y cuarto. Winston Smith´s Café. He tenido que entrar en una cafetería de cuarta (¿o de quinta?), para poder sosegarme un poco. ¡Vaya mañanita! Lo mejor de todo es que he encontrado una primera edición de Algernon Blackwood por un par de libras en un callejón cercano a Lime Street. Un chollito. El chaval que me la ha vendido, con cara de estar traficando con cables de cobre, me ha dado las gracias; señal de que las dos libras son para él. Punto y aparte. Y retorno de carro.

Vaya, vaya con Farmy Land. Al final me he tirado allí hasta las doce y diez. Simplemente observando el panorama. Iba a pagar el café. Me acerco a la barra. Las dos camareras, fuera, fumándose un cigarrillo. O parte de él. Me atiende una gigantesca y blanca forma humana, que posee un negrísimo rostro. En su inmaculado traje de cocinera lleva un pin con los cinco aros de las Olimpiadas londinenses convertidos en coloreadas cabezas de cerdo, algo que me ha resultado entrañable. Su gorro no es otra cosa que un inmenso cuerno. Me dispongo a dejar un billete de cinco libras sobre su… pezuña. Y es que realmente aquella cocinera me muestra una, que sospecho que es de plástico. Mientras yo la observo, la pezuña, ella, la cocinera, levanta la cabeza y se dispone a dar la bienvenida a la pequeña riada de empleados de la cercana Bolsa de Londres que se acerca al local. Las dos camareras ya han vuelto. Supongo que son ellas, las galesas, porque no las consigo reconocer. Ambas llevan una máscara que representa una oveja. Empiezo a preguntarme qué diablos pinto yo en ese local. Las dos bellas ovejas se ponen a retirar con inusitada rapidez los cartelitos que están hincados en los productos que se venden en el mostrador principal. Bandejas llenas de asados diferentes, básicamente. Sándwiches. Quesos. Zumos. Con movimientos que parecen una coreografía ensayada cientos de veces, las ovejas proceden a volver a colocar rótulos, diferentes a los que acabo de ver retirar, sobre los manjares a la vista de todos. Mientras, la negra disfrazada de blanca cerda saluda a la clientela, que se amontona a mi lado, con sus correspondientes maletines, y psicóticas conversaciones de periódico color salmón. Sencillamente, no puedo escuchar bien lo que se dicen entre ellos, pero sí lo que piden. 
One of beaten to death duck, please.
Creo haberlo entendido bien, y efectivamente, a diez libras se vende el sándwich de pato apaleado hasta la muerte. El cartelito me lo confirma. Una de las ovejas me devuelve el cambio.
Just one piece of gang-raped goat cheese, if you please.
Jóder, me giro con cara de asombro, y veo a un tipo que no debe pasar de los treinta. Si pide en público un trozo de queso de cabra violada en grupo, ¿qué es lo que no comerá en su casa? Treinta libras. Las ovejas obedecen, ofreciendo a su público justo lo mismo que venden en el local de enfrente, pero con unos preciosos (y bien cobrados) gramos añadidos de poesía. La cerda ha desaparecido de mi vista. Yo también me he largado, no sin antes sacar una foto. 




Holy Happy Hour.



by George R.  

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