martes, 15 de mayo de 2012

Gran Plaza Asimov


            Durante la tregua, se votó, y se aprobó por mayoría la propuesta. Se terminó por vender a peso la biblioteca. Enterita. Todos pudieron comer, a cambio, y con gran fruición, un generoso polo de fresa aquella calurosa tarde. Alguien se dio cuenta de que los envoltorios de los polos podrían a su vez ser vendidos. Su liviano peso quizás daría para otros tres o cuatro helados; a sortearse entre los perros que vigilaban el cumplimiento de la tregua. Así nos dejarían en paz un rato más. Pero, ¡a qué precio! Otro, al fijarse en el colorido envoltorio, comprobó que aquellos trozos de hielo rosado llevaban caducados más de seis meses. 

            Un Código Civil, apareció planeando por la Gran Plaza Asimov, y fue cortando, con sus afiladas hojas, varios y  sedientos cuellos. Los micrófonos cayeron al suelo.

            Alguien se levantó, sudando el derretido hielo que acababa de comer, y gritó: “¡Traición! ¡Devolvedme a Vonnegut!”.

            Y los que quedaban con vida, también se levantaron, y fueron al cercano almacén de papel. Lo saquearon. Descuartizaron el cuerpo del gusano comprador, que ya deglutía sin vergüenza la cubierta de una novela de Disch.

            Gracias a esta acción, la escuadrilla “Ballard” despegó y acabó en pocos segundos con los pesados y torpes Codigos Penales que empezaban a bombardear de nuevo la plaza.

            Los Tribunales disparaban a un ritmo infernal, desde sus cazas, muy parecidos a los antiguos Stuka nazis. Varios puestos de ametralladoras “Lem” cayeron con honor. Había escasez de granadas “Matheson”. La resistencia empezaba a debilitarse por momentos. No había suficiente artillería para contrarrestar la fuerza de las grandes editoriales de leyes, que usaban sus generosas ediciones para contrarrestar la agilidad de sus adversarios. 

            Un regimiento de cangrejos metálicos, cubiertos de nombres absurdos, la temida guardia socivil, avanzaba de culo sobre la planicie Asimov. Francotiradores partidarios de Cela, y de Vargas Llosa, tiraban a dar, con blancos fáciles, apostados desde los edificios que cercaban el lugar como una trampa. Apenas quedaban en el cielo aviones. La pequeña escuadrilla “Ballard” había pasado a la historia.

            Se habría perdido la guerra, sin duda, si no fuera por lo que ocurrió al anochecer. Un batallón de baldosas, el “Jonathan Swift”, resurgió de sus cenizas. Refrescadas por la acción de la noche, empezaron a despegarse del suelo. Lo que siguió fue, más que una revuelta, o una batalla, o una guerra, una metamorfosis. 

            El viejo papel editado a finales de los años setenta, y ochenta, empezó a lanzar granadas de humo “Aldiss”, capaces de hacer pulpa en pocos momentos al nuevo. Cayó el tanque Constitucional, explotando en mil pedazos en mitad de la plaza. Por fin, empezó a llover la negra tinta que nos había cogido por los huevos hasta entonces. Y, al amanecer, todos pudimos ver la Gran Plaza Asimov decorada con nubes que se transformaban en poemas de Gautier.

            Me fui a dormir tranquilo.

by George R.
           
           

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