jueves, 20 de marzo de 2014

La Construcción De La Casa Usher

Durante el otoño del año pasado, me dio por escribir una versión de "La Caída De La Casa Usher".

Cogí el relato de Poe, y manteniendo toda su carcasa, intenté darle una vuelta de tuerca, por mi cuenta y riesgo, con todo lo que esto conlleva. Un ejercicio de necrofilia, por así decirlo. A más de uno le molestará que muestre aquí la obra de Poe agujereada, y acuchillada, habiendo estirado con tesón de los hilos salientes por donde me ha dado la gana. El poema lo he conservado original, pero acortado.

A gente como Kopri o Paidox les ha gustado. De otro, gran seguidor de Poe, no sé nada. Quizá se haya enfadado. Qué más da.


Con el máximo respeto a Poe, aquí va:





La Construcción De La Casa Usher 


Son cerveau est une guitare insouciante;
Sitôt qu'on le touche, il jouit.
 -De Comminges

Durante todo un día de verano, alegre, claro, ruidoso, con pequeñas y ligeras nubes escapándose por los confines del cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente luminosa del país; y, al fin, al acercarse la graciosa noche, me encontré a la vista de la ilusionante Casa Usher. No sé cómo fue, pero tras el primer vistazo que eché al edificio en ciernes invadió mi espíritu un sentimiento de tremendo alborozo. Digo tremendo porque no lo disminuía ninguno de esos sentimientos desagradables, por ser cotidianos, con los cuales recibe el espíritu aun las más bellas imágenes naturales de lo que está en floración. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, sus ventanas diseñadas a la manera de atractivos ojos, los largos y sensuales juncos, los fuertes troncos de árboles sanos y aguerridos- con un excelente estado  de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al del comienzo de la sesión del fumador de opio, el dulce subidón más allá de la existencia cotidiana, el maravilloso desaparecer del velo. Una calidez, un vigor, un bienestar del corazón, un irremediable despertar mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de desánimo. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me alentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía sino intentar conservar los resplandecientes pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la satisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá aumentar su poder de impresión gozosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la suave orilla de un precioso estanque verde que extendía su brillo tranquilo junto a la futura mansión finalizada; y con un estremecimiento aún más excitante que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los gráciles juncos, de los recios troncos, de las seductoras ventanas.

En esa mansión de ilusión proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Acababa de recibir una carta suya desde una región distinta del país, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una necesidad física aguda, de un deseo mental que le oprimía y de un intenso interés por verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a mi reconfortante compañía, algún alivio a su excitación. La manera en que se me pidió este favor, de todo corazón, no me permitió vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.

Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Nada conocía, tampoco, sobre su misteriosa familia, de una nueva y como aparecida de la nada alcurnia. Él siempre se había destacado por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de años, en numerosas y elevadas concepciones. Recuerdo su vivo interés, ya de adolescente, por el concepto de fortaleza familiar. Y pensé que esta idea se mostraba en perfecto acuerdo con el carácter de la proyectada mansión, la que haría distinguirse a sus habitantes una vez ultimada.

He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanque- había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi alegre fetichismo -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la sensata ley de todos los sentimientos que tienen como base el atrevimiento. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una atractiva fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera afín con el fresco aire del cielo, exhalada por los árboles enhiestos, por los lechosos muros, por el estanque silencioso, un vapor balsámico y místico, transparente, ligero, apenas perceptible, de color flotante.

Posándose sobre mi espíritu lo que parecía ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio, casi terminado. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva modernidad. Todavía muy lejos, aparecerían los primeros signos de la decoloración producida por el tiempo. Globos de colores se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto más tenía que ver con cierta forma de cortesía. No se habían terminado partes de la mampostería. Parecía haber una perfecta congruencia entre la adaptación de las partes y la disposición de cada piedra. Con estos evidentes indicios de prosperidad general, la casa transmitía inequívocas señales de estabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una concupiscente fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en un femenino zig-zag, hasta perderse en las transparentes aguas del estanque.

Mientras observaba estos hechos, cabalgué por una breve calzada hasta la misma casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un alborozado criado me condujo desde allí, en alegre silencio, a través de varios pasadizos intrincados, mas bien iluminados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, de forma natural, a avivar los precisos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes -los relieves de los cielorrasos, los refulgentes tapices de las paredes, el blanco mármol de los pisos y los triunfales trofeos heráldicos que me saludaban a mi paso- eran cosas a las cuales estaba acostumbrado desde la infancia, me asombraban, por lo alcanzables, las fantasías que esas imágenes habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de franqueza y de solemnidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.

La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, anchas y redondeadas, y a una distancia tan cómoda del piso de blanca piedra, que resultaban de una practicidad absoluta. Enérgicos fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los decorados cristales y servían para diferenciar todos los objetos de la estancia; los ojos se posaban con facilidad sobre los más remotos ángulos del aposento, en los huecos del techo abovedado y esculpido. Sugestivos tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era delicado, limitado, moderno, recién estrenado. Había muchos libros e instrumentos musicales en cierto desorden, que sin embargo añadían mucha vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de entusiasmo. Un aire de valiente, profunda e irrechazable agitación lo envolvía y penetraba todo.

A mi entrada, Usher se incorporó de una butaca donde estaba sentado con cierta tensión y me recibió con calurosa vivacidad, que un poco tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo demasiado ocupado. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de ternura, en parte de envidia. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan poco, en un periodo tan largo, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir el rostro del ser vital que tenía ante mí, como el del compañero de mi adolescencia, dada su juventud. La tez lozana; los ojos, grandes, bellos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y carnosos, de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de un tipo de energía que nada tiene que ver con la moral impuesta; los cabellos, suaves y fuertes: estos rasgos y el limitado desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple descripción del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban una templanza tan grande, que me enorgullecí de la persona con quien estaba hablando. La palidez de la piel, el brillo de los ojos, por sobre todas las cosas me llamaron la atención y aun me sedujeron. El sedoso cabello, además, había crecido con cuidado y, como en su ordenada textura flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su apariencia con idea alguna de senectud.

En las maneras de mi amigo no me sorprendió no poder detectar incoherencias o  inconsistencias en su discurso, y pronto descubrí que todo esto era motivado por su fortaleza, y sus constantes intentos de dominar las débiles agitaciones que nos produce la vida cotidiana. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran rápidos y dominantes. Su voz pasaba de una rotunda resolución (cuando su espíritu vital parecía en completo éxtasis) a esa especie de prolijidad más relajada, esa manera de hablar suave, ligera, rápida, llena; a esa pronunciación clara, fluida, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el experto político o en el seductor incorregible durante los periodos de mayor excitación.

Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del placer que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su alteración. Era, dijo, un hecho constitucional y familiar, y esperaba hallar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una torpeza mórbida de los sentidos; engullía los alimentos más picantes sin inmutarse; podría vestir, si quisiera, ropas de cualquier tipo de calidad; los perfumes no le producían sensaciones dignas; aun la luz más fuerte no era capaz de hacerle cerrar los ojos, y sólo los sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, le causaban cierta curiosidad.

Vi que era un sumiso sometido a una suerte anormal de percepciones. "Sobreviviré -dijo-, tengo que sobrevivir a esta maravillosa locura. Así, así y no de otro modo me desarrollaré. Anhelo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta poderosa agitación. No me agrada el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el placer. Con esta motivación, en esta envidiable condición, lo que más siento es que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar este mundo en una torva lucha contra el fantasma del tiempo."

Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la nueva morada que ocupaba, de la que todavía no se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado elocuentes para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar empezaban a ejercer sobre su espíritu, decía, a fuerza de haberlas diseñado durante largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas de color carne y el resplandeciente estanque en el cual éstos se miraban iban produciendo, con el tiempo, en la moral de su existencia.

Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar alegría que así lo afectaba: la bella y consumada inocencia, la conversión evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su madurez -decía con una expresión que nunca podré olvidar- hará de mí el responsable del futuro de la raza de los Usher." Mientras hablaba, Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de respeto, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada, sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido las manos entre sus piernas y sólo pude percibir que un color mayor que el habitual se extendía por sus dedos, por entre los cuales se filtraban apasionadas gotas de sudor.

La situación de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una permanente hiperactividad, un crecimiento gradual de su fisicidad y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente retrasado eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su particular estado, negándose a realizar cualquier reposo; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante de su situación, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería la primera de muchas para mí.

En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la excitación de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con deleite lo útil de mis intentos por alegrar mi propio espíritu.

Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos de bacanal resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo graciosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos -en las circunstancias que entonces me rodeaban-, surgía de las puras abstracciones que el maníaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable atractivo, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Dokimasia, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.

Una de las sensuales concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor adecuado y glorificante.

He hablado ya de ese estado entumecido del nervio auditivo que hacía igualar al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser -y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)-, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una renovada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón reinaba más y mejor sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio desencantado, decían poco más o menos así:

En el más verde de los valles
que habitan ángeles benéficos,
erguíase un palacio lleno
de majestad y hermosura.
¡Dominio del rey Pensamiento,
allí se alzaba!
Y nunca un serafín batió sus alas
sobre cosa tan bella.

Amarillos pendones, sobre el techo
flotaban, áureos y gloriosos
(todo eso fue hace mucho,
en los más viejos tiempos);
y con la brisa que jugaba
en tan gozosos días,
por las almenas se expandía
una fragancia alada.

Y los que erraban en el valle,
por dos ventanas luminosas
a los espíritus veían
danzar al ritmo de laúdes,
en torno al trono donde
(¡porfirogéneto!)
envuelto en merecida pompa,
sentábase el señor del reino.

Y de rubíes y de perlas
era la puerta del palacio,
de donde como un río fluían,
fluían centelleando,
los Ecos, de gentil tarea:
la de cantar con altas voces
el genio y el ingenio
de su rey soberano.



Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su bien ordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las blancas piedras de la nueva casa. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por las numerosas capas lechosas que las cubrían y los fuertes árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las vivas aguas del estanque. Su evidencia -la evidencia de esa sensibilidad- podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas oportuna y vivificante influencia que había de modelar los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.

Nuestros libros -los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual de mi amigo- estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter sensorial. Estudiábamos juntos obras tales como el Banquete, de Platón; las Leges Juliae de Augusto, las Bucólicas de Virgilio, los Consejos de Tao Hongjing, el Manual de la Muchacha Cándida, el Kamasutra, la Hiftoria Generali Indiarum de Fray Pedro Martyr. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo con ciertos pasajes del Justine del Marqués de Sade, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo, y novísimo, libro gótico en cuarto -el manual de un loco por descubrir-, Galería Fúnebre De Historias Trágicas, Espectros y Sombras Ensangrentadas, de Agustín Pérez Zaragoza.

No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el excitado, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Madeline había dejado de ser una niña, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su ceremonial definitivo) en una de las plantas bajas del edificio, aún por estrenar. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito del estado de la nueva mujer, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la complicada situación en la propia casa del dormitorio de Usher. No he de negar que, cuando evoqué el bello aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno extraña.

A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos del secuestro temporario. Ya en la camilla, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cama donde lo depositamos (todavía envuelta en prendas protectoras) era grande, cómoda y desprovista de todo adorno superficial; situada justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi propio dormitorio. Evidentemente desempeñaría, en tiempos futuros, el oficio de cámara nupcial. La puerta, de hierro macizo, protegía el lugar con total seguridad. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, no producía chirrido alguno.

Una vez depositada la valiosa carga sobre el mullido colchón, en aquella región de placer, retiramos parcialmente hacia un lado la parte superior de las sábanas, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que ella y él eran algo más que hermanos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en ella, porque no podíamos mirarla sin que nos acercáramos demasiado a la eyaculación. El proceso que llevara a Madeline a su nuevo estado había dejado, como es frecuente en todas las mujeres de su edad, añadiendo su padecimiento estrictamente mental, la alegría de un fuerte rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, como de viciosa, que es tan atractiva a esas edades. Volvimos la sábana a su sitio, y asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, como flotando, hacia los aposentos más cotidianos de la parte superior de la casa.

Y entonces, transcurridos algunos días de impaciencia, sobrevino un cambio visible en las características del particular orden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. Su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más vivo, y la luminosidad de sus ojos seguía siendo tan fuerte como antes. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una variación trémula, como en el colmo del éxtasis, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún otro secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e ingeniosas divagaciones de la excitación, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me excitara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las atractivas influencias de sus idearios fantásticos y contagiosos.

Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Madeline fuera depositada en aquella suertuda cama, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del curvilíneo moblaje de la habitación, de los tapices rosáceos y bienolientes que, violentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían agradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un súcubo, mas no había llegado el momento todavía. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa luminosidad del aposento, presté atención -ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de placer, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la extrema condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.

Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una brillantez estelar, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire algo me asustó, pero era preferible a la soledad que había soportado esa tarde, y acogí su presencia con alivio.

-¿No lo has visto? -dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio-. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás -y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.

La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, muy luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la envolvía.

-¡Observa, observa! -dije, estremeciéndome de gusto, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento-. ¡Qué espectáculo! ¡Observa! Quizás tenga su maravilloso origen en las puras aguas del estanque. Abramos más ventanas; el aire está caliente y eso es precioso en una noche como esta. Aquí tienes uno de las peores libros que se han escrito. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos la noche.

El volumen que había tomado incluía una de las novelas cortas de Juan Pérez de Montalbán, La Mayor Confusión; lo había calificado de esa manera más por broma que en serio, porque era una obra con gran imaginación, y casaba bien con  la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba a mi alegre amigo pudiera hallar alivio aun en la exageración de la historia que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.

Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Casandra suspiraba por el amor a su hijo. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:

"Mas lo cierto era que Casandra tenía un amor secreto, tan injusto, que ella misma estaba con vergüenza de hablar de él; porque viendo en su propio hijo el entendimiento, el talle y la gallardía, se dejó vencer de un pensamiento tan liviano, que le vino a mirar con ánimo de gozarle deshonestamente. Estaba ya tan ciega, que no le daba lugar este deseo a que pensase en otras cosas, no quisiese divertirse a otros gustos. Y sin poder reducir a razón su apetito, se resolvió a llegar a los brazos de don Félix, cosa que aun imaginada ofende los oídos.”

Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusa, y precisamente, a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de vergüenza imaginada, de destrozo moral que Casandra pergeñaba en su interior. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:

"Nace mi desasosiego y poco gusto, ¡oh amiga Lisena!, de amar a un hombre, que con ser tan bueno como yo y estar cierta de que me quiere bien, es imposible pueda gozarme. Dirásme, ¿qué es la causa de hallar dificultad en lo que parece que no la tiene, y más habiendo igualdad y correspondencia de parte de entrambos?”.

Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido placentero, sofocado y aparentemente lejano, pero dulce, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural sentimiento de la madre, tal como lo describía el novelista.
Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y una extremada fogosidad, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato sobre Casandra, que decía así:

“Pues para sacarte desta duda, y también para que prevengas tu ingenio en mi remedio, óyeme un rato, aunque después te espantes de mi liviandad. Yo amo a mi propio hijo; yo adoro a don Félix, y esto de manera, que ha de costarme la vida el ver que no puedo ejecutar mi deseo. Yo he procurado estorbarme esta resolución; pero ni el ver que voy contra las leyes de la Naturaleza, ni el considerar que es un intento temerario, y sobre todo, saber que se ha de enojar el Cielo tan gravemente, ha sido bastante para olvidar este pensamiento.”

Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando un tremendo rayo cayó con todo su peso sobre la casa Usher, provocando un posterior eco, claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una ligereza propia de seres menores. Cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa viciosa tembló en sus labios, y comenzó a gritar, apresuradamente, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el enorme significado de sus palabras:

-¿No la oyes? Sí, yo la oigo y la he oído. No hace mucho tiempo, no hace ni unas horas, ni una… la he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, afortunado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La he poseído!¿No te dije que faltaba poco? Ahora te digo que escucho continuamente sus gozosos gritos de deleite. ¡Y ahora, esta noche, Casandra, ja, ja! ¡La cama medio rota, y el grito de placer del hermano, de la hermana, de los futuros padres de la familia Usher!... ¡Oh! ¿Te quedarás? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi egoísmo? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el ligero y pervertido latido de su corazón? ¡PRUDENTE AMIGO! -y aquí, en estado de éxtasis, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma-: ¡PACIENTE AMIGO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA! ¡APROVÉCHATE DE ELLA!

Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y recién estrenados batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, estaba la alta y casi desnuda figura de Madeline Usher. Había sangre en sus ligeras ropas blancas, y huellas de reciente placer en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en un violento espasmo lujurioso lo arrastró al suelo, maniatándole, víctima de un nuevo paroxismo carnal que ella había buscado con frenesí.

De aquel aposento, de aquella mansión apenas he vuelto a dejar sus confines. Aquella noche, continuaba la tormenta en toda su ira, y paseaba yo por uno de los tremendamente iluminados senderos que rodeaban la vasta casa. Aquella luminosidad provenía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura femenina casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver ante mí el excelso cuerpo de Madeline. Hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y el profundo y perfumado estanque se abrió ante nosotros, silencioso, ante los amos y señores de la Casa Usher.

FIN


sábado, 16 de noviembre de 2013

Algo sobre Svevo (y Pavese)

Italo Svevo (Trieste, Italia, 19 de diciembre de 1861 - Motta di Livenza, Italia, 13 de septiembre de 1928).

Su novela más famosa es 'La coscienza di Zeno' (1923).

Extracto tomado de esta novela:


"Cuando la golondrina comprendió que su única posibilidad de vida era la emigración, aumentó el músculo que mueve sus alas y que se convirtió en la parte más importante de su organismo. El topo se metió bajo tierra y todo su cuerpo se adaptó a su necesidad. El caballo creció y transformó su pie. No conocemos el progreso de algunos animales, pero habrá existido y nunca habrá perjudicado a su salud. 

En cambio, el hombre, el animal con gafas, inventa instrumentos fuera de su cuerpo, si quien los inventó gozó de salud y nobleza, quien los usa casi siempre carece de ellas. Los instrumentos se compran, se venden y se roban, y el hombre cada vez se vuelve más astuto y más débil. Es más, se comprende que su astucia crezca en proporción a su debilidad. Sus primeros instrumentos parecían prolongaciones de su brazo y sólo podían ser eficaces por la fuerza de éste, pero ahora el instrumento ya no guardaba relación con el miembro. Y el instrumento es el que crea la enfermedad con el abandono de la ley, que fue la creadora en toda la tierra. La ley del más fuerte desapareció y perdimos la saludable selección. Necesitaríamos algo muy distinto del psicoanálisis: bajo la ley del posesor del mayor número de instrumentos prosperarán enfermedades  y enfermos. Tal vez gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud…". 




Aunque se trata de una gran novela, no creo que vuelva a Svevo. Sí a Cesare Pavese. Hay un par de libros que el otro día dejé a su vera en una librería de viejo, esperando a que alguien se los lleve antes. Pero mi paciencia a veces es limitada. 

Diferentes ediciones para una misma lectura: 




by George R.

Abe Kobo - El Hombre Caja (1973)

Abe Kōbō (安部公房 ) (Kita, Tokio, 7 de marzo de 1924 - ib., 22 de enero de 1993)


El pasado 31 de Diciembre terminé de leer esta edición de Abe:








No quiero que pase un año sin dedicar una entrada, como se merece, a esta edición. Además, ante la invasión de novedades editoriales japonesas, muchas ultra-edulcoradas, no hay más remedio que seguir luchando por resaltar la figura de este escritor. A veces me dan ataques de diabetes mental ante los despliegues mercadotécnicos sobre el "Japón de la post-guerra" y el "Japón cotidiano", a través de novelas pasadísimas de moda, y mangas y animes que no sirven practicamente más que para pasar el rato. Ni ostias de realidad japonesa, que nadie se lleve a engaño (a no ser que nos bajemos al nivel de lo que se emite en la televisión local, o provincial, y todos contentos).


Acudiendo a las palabras de Pascal Martinet, un crítico de cine, que decía sobre Mario Bava y una de sus mejores películas: “el genio de Bava en Lisa e il diavolo consiste en hacer coherente un conjunto desordenado de imágenes mentales, donde todo es falso, y el reconocimiento por el espectador de dicha falsa realidad es la base misma del arte cinematográfico”. No se puede describir mejor el genio de Bava, y para el caso de Abe, creo que sirve de sobra la afirmación de Monsieur Martinet.  

Al igual que hay mejores y peores cosechas de vino, hay mejores y peores épocas para el arte. Y no cabe duda: durante la primera parte de la década de los setenta, las cosechas fueron excelentes. Casualmente, Lisa e il diavolo se rueda el mismo año que Abe escribe El Hombre Caja, Hako-otoko (1973).

Solo que hay una diferencia. Lo que parece que es falso en Abe, no lo es tanto. De hecho, es bastante cierto. Al menos, la base.  

Elementos comunes en la obra de Abe Kobo son precisamente las tapas de alcantarilla, las jeringuillas, los espacios curvilíneos. Creación de personajes cuya misión es representar ideas. Y muchas veces son ideas poco detalladas, por lo que el personaje se convierte en una figura misteriosa, sin pasado, sin futuro, con un presente tan acotado como lo es el del lector que le imagina en ese momento. Porque una vez que se pasa la página, con ésta se queda la idea. Seguimos viajando con el mismo personaje, y a saber dónde nos llevará en la próxima escena. La habilidad de Abe para dar una forma al conjunto es única. Ahora, tampoco podemos decir cuál es la forma que se ha creado. Desde luego que no se trata de los perfectos triángulos que creó Flaubert (cuyos tres vértices son él, sus personajes, y el propio lector). De las obras de Abe surgen extraños objetos amorfos; tan amorfos, y tan reales, como esas nubes que vemos pasar por el cielo, en las que de repente alcanzamos a ver la forma de las islas británicas, o la de un pie humano. Y vemos ese pie de una manera tan evidente, que cuando se lo hacemos notar a la persona que está a nuestro lado, ésta no tiene más remedio que asentir. 


"El Hombre Caja" tiene como protagonista un hombre-caja. De estos, hay muchos en las grandes ciudades, como Osaka, o Tokio. Aquí, tenemos una muestra: 




Personas que han salido de la sociedad. Parece que nadie se ocupa de ellas. 



Ambas, cerca de Doubutsu-Mae, Osaka, Marzo 2005. Cortesía de Gorcin, un amigo.



Y ahora, dejo una serie de textos, seleccionados de esta obra de Abe. 


“Desde luego, habría podido violarla sin quitarme la caja, acto que, con un hueco para dejar pasar el pene, no sería imposible del todo si estuviera dispuesto a aguantar la incomodidad; pero en tal caso sería indispensable la colaboración de ella, aparte de que tardaría mucho tiempo. ¿Habré perdido tanto tiempo en ahuyentar al perro? Es probable, al ver que ella ya no está desnuda; en un rincón del cuarto está fumando un cigarrillo, apoyada contra el escritorio de trabajo. Envuelta en la bata blanca con todos los botones abrochados, que ya ni deja ver las piernas. Con las piernas cubiertas, parece otra persona, ajena a su identidad. Ya ha fumado dos tercios de su cigarrillo. Las cejas arqueadas, con índices de cansancio. Una lavativa que se asoma por el bolsillo de la bata. Los dedos delgados y fibrosos que se enlazan por el tubo de hule, con las uñas esmaltadas de color plata. Ya ni puedo creer que estuviese desnuda hasta hace apenas unos minutos. ¿O se trata de una simple ilusión creada por el espejo? Del otro lado del seto se oye el resoplido melancólico del perro que golpea la lata contra la tierra. Al frotarme el cuello, me doy cuenta de que no dejan de formarse hilillos de mugre y me deprimo, haciendo una bolita sucia con los dedos. No sé por qué, pero me siento humillado al ver que no ha sucedido de verdad lo que no iba a suceder jamás y lo que yo no deseaba que sucediera; es decir, que el falso hombre caja la poseyera a la fuerza".  



"Me golpeas sin fuerza los hombros. Sigo haciéndome el dormido. Me enrollas el brazo izquierdo con un cordón de goma y me metes el bisturí por el lado interior del antebrazo en busca de la vena. La piel con varias capas de costras endurecidas obstaculiza la inyección directa. El músculo blanco chorrea muy poca sangre. Agarras la vena con algodón hidrófilo para aplicar la jeringuilla. La sangre ennegrecida refluye a través de la aguja y se adhiere al interior de la jeringuilla. A pesar de que el pistón está retirado hasta el límite, a la altura de «20», el contenido no lleva más de 3 cc de morfina. Después de quitar el cordón de goma, me inyectas primero los 3 cc. En el caso de que despierte (lo cual es imposible pues sólo me hago el dormido), podrás inventar excusas convincentes, diciendo que me regalaste un extra de morfina, al verme con la respiración débil. Empiezo a respirar más hondo en apariencia y las facciones del rostro, laxas desde antes, se aflojan aún más para dejar un síntoma de muerte sobre los labios. Sigues bajando el pistón y ahora sólo me inyectas aire. La vena salida se hincha de tal manera que ya se asemeja al estómago de un pez. Sacas la jeringuilla y untas con pegamento la piel para cerrar la herida con fuertes apretones de los dedos. No me importa el tratamiento un tanto rudo, ahora que no necesito curarme ni preocuparme por la supuración. Quizás ya estoy soñando. Aunque me cortaran un par de dedos, sólo me dolería como un bocado de salchicha demasiado picante. De repente se me acelera de nuevo la respiración, que ahora maúlla intermitente en la garganta áspera, hasta que de pronto se corta. En el sueño me encuentro a la entrada de una ciudad sin sombra, montada sobre innumerables arcos relucientes. Al entrar con el cuerpo retorcido por las carcajadas, me veo flotando en el aire. Libre de sombra, me he liberado también de peso. En ese mismo instante, estoy acostado sobre la cama con los dientes rechinando, lanzando las piernas hacia arriba como un pez recién pescado. La cama también rechina sincronizada, con centenares de muelles estallando en diferentes tonos, como ramas secas quemadas en una hoguera. El rechinamiento se cuela en el sueño, produciendo resonancias en un bosque de arcos, y da inicio al concierto de despedida para mandarme en paz al más allá. Revoloteando con las rodillas abrazadas, me siento feliz y un tanto sentimental. Un close-up de ella, sollozante por mí. Le sienta muy bien el olor a invierno, al igual que un árbol joven de alerce. Estiro los dedos y se abre el aire para convertirse en un ano. Me estoy sofocando. Abro la boca y siento afuera una presión abrumadora que ya no me permite retirar la lengua. En el momento en que meto la lengua erecta en el ano de aire, se congela el sueño, todo queda en negro. Y estoy muerto".




"Sin embargo, hay que aprender algunos trucos para hurgar restos de comida. A diferencia de los mendigos y vagabundos «profesionales» que se adaptan a su vida a largo plazo, los hombres caja no somos capaces de tragar cualquier comida que se consiga. No es cuestión de holgura sino de higiene. No quiero decir que todas las sobras de comida estén sucias, pero no tenemos disposición mental para probarlas, quizá debido a esa terrible pestilencia. Yo mismo jamás me acostumbré a ese olor nauseabundo". 




"Al parecer, esto se debe a la sensación desagradable de que el sabor no se corresponde al olor. En estado normal, podemos comer sin desconfianza ni escrúpulos porque la lengua sabe distinguir el porcentaje de ingredientes basándose en sus olores particulares, sea pescado, carne o verduras: por ejemplo, nos repugna cuando un camarón frito sabe a plátano o cuando un chocolate tiene sabor a almejas a la brasa. En el caso de los restos de comida, que son sólo mezclas azarosas de muchas comidas, nuestro sistema fisiológico los rechaza, aun cuando mentalmente estemos convencidos, porque no somos capaces de establecer vínculos entre los ingredientes y los olores. 



Por tanto, el primer paso para hurgar restos de comida consiste en buscar algo seco con un olor suave. Esto no es nada fácil. Grosso modo, las sobras de restaurantes y bares se dividen en dos grupos: comestibles perecederos, que constituyen la inmensa mayoría, y comestibles, fáciles de identificar, que, una vez servidos, ya no se pueden reciclar para otros clientes, tales como panes, cosas fritas, pescados secos, quesos, dulces y frutas. Los primeros se depositan, después de separarlos de objetos incomibles como palillos, servilletas y platos rotos, en recipientes grandes de plástico para que todas las mañanas se los lleven los camiones de criaderos de cerdos. Los segundos son bastante difíciles de encontrar pese a su supuesta abundancia, quizás porque los reciclan de alguna manera aun cuando están en malas condiciones; los panes se pueden convertir en harina al secarse y despedazarse, y de los huesos de pescado o pollo frito se puede sacar buen caldo". 





"Al observar el paisaje, la gente tiende a recordar sólo los elementos que le son necesarios; por ejemplo, se acuerda bien de la parada de autobús, aunque nada en absoluto del sauce, mucho más grande, que está al lado. Una moneda de cien yenes sobre la calle es más que llamativa, pero un clavo oxidado o una hierba cualquiera a la orilla de la avenida es menos que inexistente. Desde luego, la gente llega a su destino sin perderse gracias a esta capacidad de selección. No obstante, todo se ve diferente a través de la mirilla [de la caja]; se igualan y homogeneizan todos los detalles del paisaje: colillas de cigarrillos… legañas de un perro… ventanas del segundo piso con cortinas ondulantes… surcos de un barril torcido… anillo que aprieta un dedo gordo… rieles extendidos… bolsa de cemento mojado y endurecido… mugre de uñas… tapa de alcantarilla mal ajustada… Pero me gusta verlo así. Quizá porque un paisaje tan borroso y sin enfoque se parece mucho al estado en que me encuentro". 






"Éste es el barrio de los hombres caja, donde los ciudadanos se obligan al anonimato y residen bajo la condición de ser nadie. Todos los registrados serán eliminados por el mismo hecho de haberse registrado".  




"La falsa meta para quienes siguieron corriendo sin alcanzarla nunca. El estadio nocturno, con banderas flameando, abandonado desde antes por los árbitros y el público". 




"Me dan ganas de sobrevivir cuando observo cosas diminutas: gotas de lluvia o guantes de cuero encogidos por la humedad… Me dan ganas de morir cuando observo cosas demasiado grandes: el edificio del Congreso o un mapamundi…". 





(1924-1993)


by George R.

martes, 22 de octubre de 2013

La Invasión de los Cotidianos

Mientras estaban haciendo lo que estaban haciendo, se empezaron a escuchar a lo lejos las sirenas de un coche patrulla. Lo dijo el vecino. Y lo confirmó el cartero.

by George R.

La Pegatina


Octubre. 2113. España. 

Volvamos 100 años atrás. Por aquellos tiempos, se vivía el periodo que en nuestros días se califica como el de la famosa fragmentación (los historiadores lo sitúan más exactamente entre los años 2001 y 2018).

Evidentemente, sus causas y efectos se daban en el resto de Europa. Se ha dicho y repetido mucho estos días, pero lo indicaremos una vez más. Aquella fragmentación general que se produjo en los comienzos del siglo XXI no fue sino una repetición histórica: equivalente como proceso a la Primera Guerra Mundial, o a las Revoluciones de 1848.

Uno repasa la prensa de aquellos días, navega por sus archivos sociales, visiona documentos reales. Y se da cuenta de que dos de los elementos que siempre han acompañado al Hombre desde su origen son su propia ingenuidad, y el de la suerte.

Al parecer, estaba entonces de moda la idea de emprender por cuenta propia (un efecto más del proceso de fragmentación). Oficialmente, se vendía la idea de que si uno se declaraba públicamente como emprendedor, su vida se encauzaba de forma automática. Una especie de anarquismo económico forzado. Realmente, se instaba a la población a auto-complacerse en términos económicos, es decir, se le abandonaba a su suerte.

Y muchos creyeron en la idea. Se consideraron emprendedores. En el registro de la época, hay largas listas detalladas. Algunos ejemplos: a alguien se le ocurrió vender el gas que su propio cuerpo producía. Otro dedujo que si se ponía a contar los aviones que pasaban todos los días por encima de su casa, podría vender sus servicios de contador en el aeropuerto local. Una chica pensaba ganarse la vida leyendo los libros que otros no podían leer. Uno quiso hacer de rueda en los coches que tenían un reventón o pinchazo en plena autopista, prometiendo una velocidad media de dos kilómetros por hora. Otro quiso hacer de árbol de Navidad en verano. Y así. Todos con un auténtico espíritu de superación.

Pero voy a dedicar mi tiempo y espacio a un caso en concreto que me ha llamado la atención. Se trata de un chico de veintidós años, Miguel, que tuvo la siguiente idea: llevar puestas camisetas-anuncio.

Al menos, ésta fue su primera opción. Uno llegaba a su local (situado en el centro de la ciudad, bien limpito y ordenado), le daban una camiseta con un gran anuncio estampado cualquiera (por la parte delantera y trasera), y si prometía pasearla un par de horas, a la vuelta de su paseo, se le entregaba una moneda de un euro.

Pocos soportaban más de una hora, por razones de vergüenza, y se conformaban con los cincuenta céntimos que les correspondía. Y todo esto, si el clima permitía vestir solo con camiseta. La experiencia fue un desastre. Las compañías que se  anunciaban se lavaron las manos. Miguel perdió todo su patrimonio. Y se enfadó con el mundo.

Comenzó a pensar en por qué había fallado su negocio. ¿Cómo se podía comprobar que el paseante realmente paseaba el anuncio? Éste era su peor dilema. Aparte, el clima, el sudor, y lo que poco que se fijaba por aquel entonces la ciudadanía en los mensajes de las camisetas de sus paisanos.

Así que pensó en una solución más global. Hiciera buen o mal tiempo, el anuncio debía verse. Rebuscando en la Sagrada Red, dio con la pegatina. Made in China, of course. Hecha de un nuevo plástico que no causaba daños a ningún tipo de tejido, utilizable por ambos lados de su superficie. Se podía adherir tanto a prendas hechas con fibra, como de algodón, angora, lana, o cualquier otro tipo de tejido. Se quitaba y se ponía con mucha facilidad.

Además, tenía sus particularidades. Era reflectante, por lo que se podía ver el anuncio por las oscuras calles. Y su mejor cualidad era la siguiente: su composición se decoloraba por el triple efecto del viento, de la luz, y de la contaminación del aire respirable; así, de golpe, tras un rato de uso (entre dos y tres horas). Es decir, una pegatina a todos los efectos inútil, pero que a Miguel le vino muy bien para su negocio. El anuncio-paseante si quería cobrar tenía que volver a la tienda con su anuncio decolorado. Lo que quería decir que realmente lo había paseado por la ciudad un tiempo determinado. Porque si la pegatina se dejaba dentro de un armario, no cambiaba de color (en un armario no hay corrientes de aire, ni este aire es el mismo que el que se respira en la calle). Se podía dejar la prenda a la luz del sol, en un balcón. Pero no colaba, porque la pegatina solo se decoloraba de un lado (no se cobraba nada en este caso).

Empezó a entrar dinero en caja. Cada vez más empresas se ofrecían para introducir sus productos en la campaña de pegatinas-anuncio. Con este nuevo avance, Miguel pensó que su negocio iba a prosperar. Y eso que pagaba a tocateja a los hombres y mujeres-anuncio.

Hasta que a los dos meses recibió la factura de su proveedor chino de pegatinas. Algo desorbitado. Cada una costaba prácticamente una miseria, pero Miguel nunca pensó en que para introducirlas en Europa había que pagar un arancel del 1000%. Es decir, debía cotizar en Aduanas 10 veces su valor, cuando él, según sus cálculos, se había conformado con un beneficio unitario que triplicaba el valor de la pegatina.

En resumen, un desastre. Pero nadie le dijo nada en la oficina de emprendedores.
Por segunda vez arruinado, Miguel optó por convertirse en dispositivo unitario alejado del mundanal ruido. Es decir, en uno más. Y, en adelante, nada se sabe de él.

Por el contrario, hay un tal Fernando que aparece en los mismos registros, dos meses después. Justo el día en que desapareció el citado arancel, Fernando dio de alta su actividad. Nunca se sabrá el motivo de tal coincidencia. Y este joven emprendedor pasó a la historia como una gran figura a tener en cuenta en el mundo de la empresa. Y se hizo rico. Y más con el comienzo de los pechos-anuncio y espaldas-anuncio.

Aquellas pegatinas destrozaron la piel de muchos (y muchas) desgraciados, pero esto ya es otra historia que contaré en otro momento.

by George R.

lunes, 14 de octubre de 2013

En la mesa

Imagina un círculo perfecto, e inmenso, de mesas preparadas para un banquete. A ellas se sientan todos tus familiares, políticos o no, (con un tercer o cuarto grado de consanguinidad; o quinto, si quieres). Todos tus amigos, reales o pixelados; algunos compañeros del trabajo, si tienes (trabajo). Tus vecinos, los que viven en un radio de quinientos metros alrededor de tu cama. También están invitadas esas personas con las que hablas en tu vida cotidiana: la panadera, el guardia de seguridad, el médico de cabecera, y el revisor de la luz. Se añade a la lista una representación física de esas personas que nunca verás, pero con todo, conversas por teléfono: una chica Yastel, otra de Securitos, otra llamada Perdida.

Comienza el banquete. Se ha dispuesto un platito cuadrado, de cristal, con dos palillos de madera por cada comensal (el menú va a consistir en comida japonesa). Detrás del platito, hay una pantalla táctil, por la que os vais a comunicar a base de toques de palillo. Así, está prohibido hablar, porque se armaría un escándalo insoportable.

Comienza el intercambio de mensajes. Poco a poco todos se animan, aporreando la pantallita con los palillos, comiendo el sushi con los dedos.

Surge por efecto telepático la idea de dar un puñetazo en la mesa. En alguna de esas centenas de mesas. Sin embargo, el puñetazo no se produce. Ni siquiera un leve matiz.

¿Por qué?

a): todos quieren protagonizarlo, pero como nadie lo hace, nadie lo hace.
b): nadie quiere hacerlo, en realidad.
c): el cansado camarero es el único que tiene esta intención; nadie le hace ni caso.
d): se están formando facciones y grupos que quieren detectar con rapidez los sospechosos de querer dar el puñetzo primero.
e): surgen organizaciones pacifistas que también se valen de la telepatía para anular las tendencias violentas de algunos de los invitados.
e): A su vez, hay grupos de inteligencia que quieren controlar este tipo de grupos: a los proclives a la violencia, y los que no.
f): Quizás sea mejor esperar a los postres.
g): O a las copas.

Mientras se me siguen ocurriendo posibilidades, y engullo un maki de atún con mango, se escucha un tremendo golpe. Un gigantesco gorila ha descendido por la lámpara que ilumina la estancia. De un solo golpe ha destrozado una de las mesas. Todos dejan los palillos a un lado. Se corta la corriente telepática. Observo que el animal se acerca hacia a mí. Cada vez con mayor velocidad. Creo que está a punto de meterme tal ostia que... ¡¡ouch!!, ¡¡¡¡¡uuuuahhhhhhhyyayyyyyyyaaaaaaaayyyyyyyy!!!!!

by George R.

viernes, 28 de junio de 2013

Correlaciones


Aparentemente, no existe correlación.

Mientras que a uno le duelen las rodillas, el otro puede ascender las más altas cumbres de los Pirineos. Interesado por la lectura; o por la vida de las hojas perennes. Un vago de remate; trabajador incansable. Amante del terruño; eterno viajero. Y así.

Sin embargo, comparten algo entre todos. Algo que todavía no se ha podido diagnosticar. No es ninguna nueva glándula a descubrir en el interior de un cuerpo. No se trata de un sentimiento. Ni de una sensación. Sin embargo, sea lo que sea, es compartido.

Algunos dicen que sólo el futuro lo descubrirá; lo localizará. Lo materializará. Esa correlación que inevitablemente busca el ser humano, y termina por encontrar. Es como analizar una papelera de reciclaje que ha sido eliminada. En un sujeto, una vez. En otro, veinte veces. Y sin embargo, en ambos casos, quedan trazas. Y de éstas,  nacerán nuevas relatividades. Si yo fuera Einstein, me podría explicar mejor. Lo siento.

No me refiero a la idea de que hoy en día alguien puede ser sacerdote, gay, aficionado a los cómics, gourmet, donador de órganos, vendedor en Internet, político, deportista, sanador vía telefónica (todo a la vez). Aunque es la idea que se nos intenta vender. Porque, para el caso, un pastor de ovejas, ajeno del mundanal ruido, tiene las mismas posibilidades de contagiarse de esas correlaciones invisibles que trato de describir.

O bien, se trata de algo sobrenatural. Se acerca una época en la que muchos temas volverán a quedar en manos de Dios. Personaje éste que no ha muerto. Al contrario, está más vivo que nunca. Como si fuera un antiguo Charles Chaplin jubilado, le van a ofrecer papeles en muchos teatros del país. Que aceptará gustoso.

La parte positiva del proceso es que Nietzsche por fin ha muerto. Ya iba siendo hora.

Ahora, el problema es que usted es a la vez pecador, sacerdote y profeta. Ya no recuerda cuántas veces ha borrado esa papelera. No controla sus residuos. Estamos borrachos. No podemos ver lo que tenemos delante. Porque no existe. Y sin embargo, ¡cómo nos afecta!

by George R.

Pd:
Aquí abajo dejo un manual de ayuda que compré el otro día en un mercadillo. La señora que me lo vendió me lanzó su mejor sonrisa. Por unos instantes, me sentí miembro del club. Tiempo al tiempo.